miércoles, noviembre 23, 2011

Es el espíritu de la música caribeña la que recorre las venas abiertas del pueblo chetumaleño…


CHETUMAL.- En el año 2005, el periodista Víctor Roura visitó Chetumal con motivo de una conferencia magistral ofrecida en la Universidad de Quintana Roo dentro del marco de una Jornada Cultural sobre rock (El rock y sus fronteras elásticas) pues su especialidad es el periodismo de rock desde los años 70 del siglo XX. Su estancia en la ciudad y la apreciación personal sobre los grupos musicales de esta región le llevaron a escribir un artículo para el diario El financiero donde afirma que Chetumal es una ciudad “extrañamente no rockera”. Una primera apreciación de esta declaración le daría la razón al periodista, pero el análisis profundo y desde la perspectiva de quien vive diariamente en esta geografía, llevaría a pensar que el periodista tiene razón, pero solo parcialmente ya que Chetumal cuenta con una tradición musical netamente caribeña.
Prueba de ello fue el poder de convocatoria que actualmente tienen las bandas de reggae y ska emergidas en Chetumal, sumado al ánimo y excitación desbordado durante las presentaciones de Cultura Profética y Byron Lee & the Dragonaires en la Explanada de la Bandera durante el Festival de Cultura del Caribe 2011. El chetumaleño no puede negar la cruz de su parroquia y vibra al ritmo de canciones como “Tiny Winey” o “Hot hot hot”.
Este encuentro con la identidad caribeña se encuentra reforzado por la tradición de la práctica musical caribeña que se niega a morir frente a la invasión de nuevas formas musicales como el reguetón o la música de banda, modificada para satisfacer el gusto popular. Desde los años 60 del siglo XX, los primeros grupos de ska y reggae surgidos en Chetumal como Benito Mercerón (Benny Loeza) y el Conjunto Siboney y el mítico grupo Ely Combo, fueron quienes sentaron las bases para que las generaciones posteriores de músicos de la localidad.
En la década de los 80 el Club y Arena Quintana Roo fue el santuario de la música caribeña por excelencia en el que cada fin de semana se organizaban bailes populares con grupos como Chacón y su grupo Montecristo, Benny y su Grupo, Opus 6, Gilharry Seven, Kontiki, Los Cuervos, Super Crack, Lucio y su Nueva Generación, Chico Ché y la Crisis, entre otras bandas memorables de Corozal, San Pedro, Orange Walk y Chetumal.
Fue en la década de los 90 cuando las nuevas tendencias musicales comenzaron a invadir el gusto de los jóvenes. Con la introducción de la televisión por cable en algunas zonas “privilegiadas” de la ciudad, muchos jóvenes volvieron su vista y sus oídos al sonido procedente de la MTV, abriendo una ventana sensorial al mundo que comenzaba el acelerado proceso de globalización en medio de una crisis económica como nunca antes se había vivido en México. Así, Chetumal vivió el movimiento “subterráneo” de bandas de rock dedicadas a interpretar “versiones” de otros grupos de rock nacional y norteamericano, saturando la escena de pocas propuestas novedosas y demasiados sentimientos de competencia e intereses económicos. En la ciudad existieron dos foros importantes en el sentido “laboral”, los bares “Es 3” y “Rock Shots”. Los músicos “caribeños” se refugiaron en su propia escena subterránea, esperando la ocasión para tomar lo que por derecho les corresponde.
La demanda pública por lugares de entretenimiento sin “greñudos escandalosos y marihuanos” eclipsó el espíritu rockero de dichos foros y los grupos de rock se refugiaron en los foros improvisados, recibiendo poco apoyo de las instituciones culturales, relegándolos al anonimato. En los últimos diez años son pocos los grupos de esta vertiente musical los que han recibido apoyo del sector cultural.
Lo que sucedió durante la primera década del año 2000 hasta nuestros días merece la atención de los estudiosos del fenómeno cultural y musical de nuestra región. Una joven avanzada de músicos chetumaleños nacidos hacia la segunda mitad de la década de los 80 vendría a retomar la tradición musical caribeña que los músicos rockeros ignoraron. La sociedad chetumaleña, tan arraigada a los ritmos frenéticos y sensuales de la música caribeña y cuyo espíritu se encuentra agazapado en la mazmorra de la “doble moral”, consideró inapropiado dejarse llevar por el frenesí de los ritmos provenientes de Jamaica y Belice, relegándolos injustamente al gusto de las clases marginadas.
Los grupos de la nueva generación musical de Chetumal tienen tanto poder de convocatoria que sin problema logran llenar un foro como la Explanada de la Bandera y cuya experiencia en escena les permite ser portavoces de la nueva conciencia. Sin embargo los grupos musicales locales se encuentran con la sempiterna apatía de las instituciones culturales y hasta de los empresarios quienes cierran las puertas a toda forma de expresión artística comprometida con el placer estético y la difusión de las ideas.
Lo que escuchamos la noche del 19 de noviembre con Byron Lee & the Dragonaires, es el sonido de esta tierra, la del sur del estado. No es ni la Salsa, ni el reguetón ni Ricardo Cerato: es el calypso y la soca, el ska y el reggae, el brockdon.
El cierre del Festival de Cultura del Caribe registró una audiencia de más de 2 mil personas que bailaron y se emocionaron con la actuación de Byron Lee & the Dragonaires, hecho que trajo a la memoria de muchos chetumaleños aquellas inolvidables tardeadas en la Explanada de la Bandera amenizadas por Ely Combo o Benny y su Grupo. Víctor Roura tuvo razón en afirmar que el público chetumaleño no es rockero, pero no tuvo el tiempo suficiente para percatarse de la herencia caribeña que los músicos contemporáneos han tomado como estandarte de una identidad cultural a la que se niegan a renunciar y que ha sido tomada por artistas villamelones que buscan el favor de una institución cultural que da la espalda a las manifestaciones artísticas surgidas del pueblo chetumaleño, ese mismo que lleva el espíritu de la música caribeña en su interior.

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