lunes, mayo 26, 2008

Y a ti… ¿qué te preocupa realmente?


Seguramente hace unos veinte años, a los niños de mi generación nos aterraba que el fin del mundo en medio de una guerra nuclear o que alguien de nuestra familia fuera a contagiarse de esa extraña nueva enfermedad que, según decían, era exclusiva de los homosexuales. A los niños mexicanos nacidos en la década de los 70 nos tocó ver por la tele las imágenes de muerte y destrucción a causa del incendio en San Juan Ixhuatepec, en noviembre de 1984, y por medio de la tecnología acudimos a ver el panorama de escombros en una ciudad de México que se desprendió desde sus cimientos, una mañana de septiembre de 1985.
Dejábamos de ser niños y la adolescencia hacía sus crueles travesuras abriéndonos los ojos a una realidad a medias. El miedo a una guerra nuclear se convirtió en recuerdo onírico para comenzar a sentir los primeros “ayes” de dolor de nuestro planeta: muerto Cobain, ya no existía el “grunge”. Ahora que recuerdo bien, nuestro temor más grande era terminar haciendo algo que no nos gustaba: dejar de soñar para convertirnos en un Pedro Picapiedra. Nos preocupaba que el verde se secara y que nuestros hijos crecieran en un desierto de dudas y sueños evaporados. Ahora tengo más años que antes y algunos temores pululan alrededor de mi ser; las preocupaciones son distintas, no sólo en mi sino entre el resto de mis amigos y conocidos.
Pero, ¿las generaciones jóvenes tienen alguna clase de preocupación? Se los ve tan sonrientes, despreocupados, posando para vouyeristas anónimos en sus metroflogs y consumiendo grandes cantidades de aire para no engordar. Al parecer a los más jóvenes no les interesa nada en lo más mínimo. Hedonistas e individualistas, a la generación actual le preocupa más qué se va a poner mañana para ir a la escuela, si acaso le llegaron chorrocientos mensajes a su celular; si es mujer se preguntará si acaso el licuado de mamey que tomó en la mañana es bajo en grasas o si leyó el capitulo correcto del “libro de autoayuda para exitosos miserables”. Por el contrario si es hombre: se convierte en artista cibernético en espera de que alguna televisora lo convierta en una celebridad que, más tarde, será desechada como papel higiénico; o decide entrarle a las chelas todos los fines de semana, ensayando la mejor pose en lugar de un buen argumento para justificar la tarea no hecha.
Comprendo que las preocupaciones son relativas en su mayoría, e igualitarias en algunos casos, por ejemplo, ¿lloverá esta semana?, ¿voy a vivir mañana?, ¿qué voy a comer hoy? No creo que todos nos preocupemos por una camisa mal planchada o porque no tenemos el reloj de la marca de diseñador, el último grito. Pienso, más bien, en una marea que nos arrastra si no sabemos aferrarnos a nuestra verdadera esencia humana. A veces las preocupaciones nos absorben al grado de volvernos parte de una masa preocupada, precisamente, en simplemente vivir.
Los tiempos, la sociedad que vive en una época determinada, podrían establecer esas preocupaciones en la vida humana-consumista de principios de siglo. Vivir bien, con el trabajo asegurado, sin pensar qué voy a comer mañana: vivir al día y nada más.
No sugiero para nada clavarse en la textura de los problemas por el resto del día. Carpe Diem, Hakuna Matata. Estoy de acuerdo pero, de vez en cuando, detenernos a pensar en la decisión que tomemos sobre nuestras acciones y sus consecuencias. Es bueno preocuparse en el futuro porque trazamos una serie de objetivos a cumplir, pero matemáticamente, un pequeño error puede influir en nuestro futuro.
Nos hemos vuelto individualistas y hedonistas, valoramos los momentos de la vida y a sus protagonistas con base a la cantidad de ceros en su cuenta bancaria, lo hermosos que se van y porque nos hacen “pasarla bien”, sin broncas. Sin embargo nunca está de más detenernos a reflexionar sobre el mundo y lo que nos rodea. Seguramente no se compara a los temores que tuve de niño: la guerra nuclear entre EUA y URSS, el SIDA, la contaminación ambiental, guerras religiosas en Medio Oriente, dos terremotos y una explosión; pero los tiempos actuales parecen una playa que muestra las huellas bajo las olas, marea baja de reacciones sociales e idearios sociales.
La generación actual está despolitizada, padece del síndrome de “mevalemadre”, prefiere la inmediatez y lo efímero “para no tener que cargar con la culpa ni dar explicaciones” y no se preocupa porque, el mañana no existe. Es cierto, ya no hay futuro seguro en México y no me limito a la violencia sino en todos los sectores: no hay salud ni asistencia social para quienes lo necesitan, no hay empleos dignos ni para los graduados de las universidades ni para el que no llegó más que a sexto grado de primaria.
La verdad es que las preocupaciones acerca del mundo que nos rodea cambian con el paso de los años. Cada generación enfoca sus preocupaciones hacia ciertos elementos de la vida cotidiana o del acontecer mundial; no obstante, se ha perdido el interés por todas las cuestiones humanas y cada vez nos preocupamos por los artículos de consumo, los sueños de opio y los castillos en el aire.

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