domingo, junio 17, 2007

La niña de los girasoles


Para Frida, a quien amé entre humo dulce y besos a escondidas.

Dicen que “el amor de tu vida” llega sólo una vez en esta larguísima película en technicolor. Cuando conocí a Frida yo aún gastaba mis horas ensayando en los salones de la Escuela Nacional de Música y ella atendía la carrera de Ciencias de la Información en la Facultad de Filosofía y Letras, ambas facultades pertenecientes a la UNAM. Ella tenía 23 y yo 26. Nos “encontramos” una tarde de febrero de 2002, durante los paseos que solía hacer en “las islas” cercanas a Filosofía. Los pasillos de “filos” están repletos de vendedores ambulantes de discos, libros, papelería, revistas y hasta uno que otro repostero anónimo. Así, mientras mis oídos recibían el sonido gris y angustiante de Javier Corcobado, mis deseos se encarnaron en una mujer morena, de cabello rizado y grandes ojos negros almendrados, cubiertos únicamente por los lentes de grueso armazón color carey. Y dije nos “encontramos” porque ese episodio marcó una etapa muy importante en la vida de los dos, dejó huellas indelebles en la piel y una larga sesión de exorcismos que posteriormente se tradujeron en visitas al comelunas.

El disco de Corcobado sirvió de pretexto para comenzar la charla con Frida quien de inmediato mostró empatía hacia mi, no sólo por la forma en que abordé la charla sino porque llevaba mi guitarra a cuestas (en los años de universitario fue mi única “compañera de viaje”) y a Frida le encantaba ver que alguien tocara la guitarra. Sobra decir que mis interpretaciones de música barroca para guitarra y el repertorio completo de canciones de “La gusana ciega” la dejaron como groupie después de un concierto de Led Zeppelín.

Teníamos cosas en común: los Doritos enchilados, la literatura existencialista, la música de “La gusana ciega”, acampar en el bosque, los cigarrillos, las aventuras nocturnas, hacer el amor, el dolor y la angustia, la soledad que era compartida e interminable. Con ella aprendí que los silencios se disfrutan mejor si miraba en sus ojos. Era una mujer de finos rasgos, casi mozárabes. Nos enamoramos lentamente, de la manera en que el licor se sube a la cabeza y el sonido de un relámpago tarda en escucharse después de caer a la tierra.

Durante la adolescencia me escapaba a lugares fuera de este mundo, pero con Frida escapaba a los confines del Universo y a las profundidades del alma, de la noche y de los sueños entre humo e incienso. Entre sus piernas dejé más que mil acordes apasionados, meros clusters dibujando una emoción nunca antes experimentada. Fuimos amigos leales, amantes desunidos y amorosos apasionados, sombras proyectadas en las calles solitarias del sur de una Ciudad de México que se abría de par en par a los “perdidos en medio de la nada”.
Frida me llevó a la antesala de mi lado oscuro, apenas visible a mis ojos desde los 19 años pero que hacía eco en los tímidos textos “existencialistas” recogidos en cuadernos escolares. Una noche llamó a mi casa, desde un teléfono público. Su voz sonaba temblorosa y estaba asustada: alguien quiso abusar de ella. Acudí hasta el lugar donde se encontraba, casi en la periferia de la ciudad. Nuestras vidas cambiaron a partir de esa noche.
Cuando pienso en aquellos días prefiero recordar el aroma de su perfume y el sabor de los chocolates con menta en sus labios, sus lentes de grueso armazón o el vaivén de sus caderas moviéndose mientras caminábamos por el parque México.
Los Smashing Pumpkins sonaban en un viejo walkman (“Pop-tart, what’s our mission? Do we know but never listen”) mientras mis dedos recorrían los caminos trazados por el sudor sobre su pecho y sus muslos. Desnuda o vestida, tomaba el lugar que mi guitarra ocupó durante muchos años, con el embrujo de sus caderas dejando al descubierto el color de su intimidad. Ella fue la marea que me arrastró hasta el mar abierto de mi soledad. Por Frida sembré girasoles en el jardín de mi abismo sónico.
Aprendí que la vida es una película sin permanencia voluntaria en donde el verdadero dolor es el que nace de una ausencia en el alma y de las despedidas por teléfono a media noche. También descubrí que todos tenemos un lado oscuro pero que sólo unos cuantos tienen el valor de enfrentarlo hasta superar la lucha contra los demonios internos.
Ella no sobrevivió a la batalla. No estoy seguro en donde reposan sus caderas o si un mármol labrado con su nombre menciona que “era la niña de los girasoles”. Quiero imaginar que –como dice una canción de “La gusana ciega”- “ahora juega en el jardín de alguna institución”, aunque su ausencia es como la humedad de una tarde lluviosa en la Ciudad de México: que cala y duele hasta los huesos.


Es por eso que respondo afirmativamente cuando me aseguran que “el amor de tu vida sólo llega una vez en la vida”, porque nunca se ama con tanta intensidad y pasión dos veces y de la misma manera.
Por Frida es que me gustan los girasoles: “porque me hacen feliz en medio de mi tristeza infinita” (Frida Elizabeth).






3 comentarios:

sam dijo...

Este Escrito ya lo habia leido en el Periodico Por Esto!. 17/Junio/2007, y es realmente entretenido.
Tambien extraño esos tiempo donde se hacia buen Rock, apesar de que no vivi el momento de pleno apogeo del mismo...pero recuerdo mis tardes de soledad encerrado en un Internado de Carrillo Puerto, el cual ya no existe, escuchado el rif de guitarra de PearlJam con su Jeremy...haa eso es aprender y recordar 15 años despues...
Saludos, Exelente Inicio de semana.

Anónimo dijo...

no mames primooo!1 me hicste llorar!!
:(

pkm todo lo ke eskribistee!!
tqmm!!
i gracias por konfiar en mi !!

i ser mi konfidente!
xD
un besOte1!! saludos a la fam...
elisa*
e&e4ever...
28.10.08
a dos dias dee...

kuanod leas esto te digo porke pogo tanta kosaa!xD

me gusto mucho todo eso ke eskribistee!!!

:DD

elisa*

Anónimo dijo...

Amor... sólo esa palabra, escalofríos, deseo, pasión, dolor, tantos sentimientos derivados de una sola palabra, de un sólo escrito... y sí, me hizo sentir, grandioso texto.