Al caer dentro del abismo sónico, la percepción se expande como el tiempo. He aqui las visiones de esa lenta caída. Espacio abierto a todos cuantos sepan leer.
Última alocución de Salvador Allende en "Radio Magallanes". Santiago de Chile, 11 September 1973, 9:10 A.M.
Amigos míos: Seguramente esta es la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron... soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha autodesignado, más el señor Mendoza, general rastrero ... que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno, también se ha nominado director general de Carabineros. Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen... ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes,. quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios. Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros; a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días estuvieron trabajando contra la sedición auspiciada por los Colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista da a unos pocos. Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos... porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará. Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.
“Cuando me muera y me tengan que enterrar, quiero que sea con una de tus fotografías para que no me de miedo estar abajo, para que no se me olvide cómo es tu cara, para imaginar que estoy contigo y sentirme un poquito vivo”. Primer verso de la primera canción (Mátenme porque me muero, 1988) del primer disco de Caifanes.
Hay quienes no recuerdan lo que sucedió en 1988, ni siquiera los que pertenecen a mi generación. Hace 20 años, en Inglaterra, aparecía el primer disco de The Stone Roses, sembrando la semilla de lo que más tarde florecería como Britpop, mientras que Margaret Tatcher se convertiría en la Primer Ministro más longeva en su puesto. En el resto del mundo se realizaban los juegos olímpicos de Seúl, Greenpeace alertaba al mundo sobre el daño en la Antártida y, en México, Carlos Salinas de Gortari se robaba la elección para la presidencia de la república y que sumergiría al país entero en un sueño de opio. Desde España nos llegaba el Descanso dominical de Mecano, los Hombres G escandalizaban a la sociedad mexicana con el Sufre Mamón y cientos de adolescentes calenturientos encontramos un soundtrack durante las tardes de verano cuando espiábamos, a través de una persiana, a la vecina bonita de la casa de enfrente. Bleach sería el primer disco que una banda desconocida de Aberdeen, Washington, grabaría para el sello Sub Pop; más tarde, esa misma banda modificaría el panorama musical de América. Después de los terremotos de 1985, las viejas estructuras de México cayeron para dar paso a un panorama que pocos conocían y muchos se negaban a admitir. En este no había cabida para el rock hecho en México, a menos que fuera de manera clandestina. Pero a mi generación sólo le importaba una cosa: vivir y pasarla poca madre. Al menos esa era la idea de vida para los adolescentes de Chetumal, tan alejados del centro del país y su capital, nosotros ajenos a lo que se movía en sus arterias y rincones metropolitanos. Según cuenta la leyenda, todo comenzó con un concierto de Miguel Mateos en el entonces Hotel de México (ahora World Trade Center), donde la banda “telonera” se había robado la tarde gracias al entusiasmo de sus más fieles seguidores desde los días en que se hacían llamar Las insólitas imágenes de Aurora. Esa banda cambió de integrantes y de nombre, y en 1987 comenzó a llamarse Caifanes.
“Aquí vendemos discos, no ataúdes” Caifanes, surgió de entre lo que fue el desastre del terremoto de 1985 en la Ciudad de México tras el deceso de Rodrigo González, y junto a grupos como Neón, Maldita Vecindad, entre otros. La historia previa a Caifanes es, por todos, conocida; sin embargo aquel primer disco parece perdido en el tiempo y sólo recordado por los que se dejaron seducir por el sonido oscuro y desesperado, al puro estilo europeo de la época y que aún no mostraba signos de lo que más tarde se conocería como “el sonido caifanesco” (sería hasta la entrada de Alejandro Marcovich a la banda, que el sonido mutaría). Caifanes originalmente fue conformado en enero de 1987 por: Saúl Hernández (voz y guitarra), Sabo Romo (bajo), Diego Herrera (teclados y saxofón), Juan Carlos Novelo (bateria) y Salvador Ojeda (guitarra). Su primera presentación fue el 11 de abril de 1987 en el legendario Rockotitlán. La expectación creada en el underground rockero mexicano fue tanta que mucha gente se quedó fuera del recinto. Después de su presentación aquel 11 de abril, Juan Carlos Novelo decide abandonar la agrupación, y en su lugar entró como soporte para la segunda presentación en Rockotitlan, Jorge "El Gato" Arce, (baterista de Ritmo Peligroso), pero por incompatibilidad con los tiempos de ambas agrupaciones, Arce vuelve a abandonar a los recién formados Caifanes. Alfonso André (batería y percusiones) se uniría a la banda a partir de su tercera presentación en vivo, Santiago Ojeda se integra a Botellita de Jerez reduciendo al grupo en un cuarteto integrado por Sabo Romo, Saúl Hernández, Alfonso André y Diego Herrera. La explosión de grupos originarios de España y Argentina, y la etiqueta de "Rock en tu idioma", hicieron que las casas disqueras comenzaran a dar apoyo a las agrupaciones que llevaban tiempo pululando en los bares y "hoyos funky" de México. Rock en tu idioma, fue lo que marcó el renacimiento de un movimiento que se encontraba sepultado gracias a las disposiciones de un gobierno autoritario que reprimía a la juventud y a las generaciones posteriores a la Matanza de Tlatelolco; los artistas que sobrevivieron a Avándaro, poco a poco perdían frescura, y la escena rockera mexicana poco a poco se dirigía al estancamiento. En 1987, Caifanes comenzó a crearse una base de admiradores, un plus que comenzaron a forjar y que fue adicional al culto que habían provocado Las Insólitas Imágenes de Aurora. El trayecto no fue fácil, la banda había juntado un presupuesto, y tenían en mente grabar un disco bajo el cobijo de algún productor español; pero lamentablemente, el dinero comenzó a escasear y solo alcanzó para grabar un demo de cuatro canciones. Las canciones elegidas habían sido: Mátenme porque me muero, Nada, Será Por Eso, y Amanece. El primero de estos temas fue enviado a la extinta estación, Espacio 59, en donde se programaban los demos de las agrupaciones que querían darse a conocer; y en donde comenzaron a ganarse el gusto del público "radioescucha". La primera parada en una casa disquera fue en la desparecida CBS México, y en donde el director general de aquella casa disquera (de nacionalidad brasileña hasta donde se cuenta); al ver su aspecto "Gothic", similar al de The Cure, no tuvo otra descripción de ellos y sus palabras solo alcanzaron para decirles: "Parecen putos". El gerente de la sucursal mexicana de CBS escuchó con atención aquella cinta que la agrupación llevó, el trabajo fue de su agrado, pero por su aspecto les negó algún contrato en firme, argumentando lo siguiente: "En CBS, nuestro negocio es vender discos, no ataúdes". Se dice que Saúl aún cuenta aquello como anécdota y no lo olvida.
Por un momento, el grupo, frustrado de tanta búsqueda, recibieron el soporte temporal de CBS, pero después recibirían su "carta de retiro". La verdadera oportunidad llegó cuando Ariola convocó a las dos bandas que estaban provocando "eco" en la escena "underground" de la época en la Ciudad de México, a abrir el concierto de Miguel Mateos en el desaparecido Hotel de México el 31 de Octubre de 1987. Caifanes y Neón eran esas bandas. En ese lugar se encontraba Oscar López, productor de Miguel Mateos, quién a su vez, estaba midiendo el poder de convocatoria de ambas agrupaciones, y en donde Caifanes salió triunfante sobre Neón y Miguel Mateos, no vaciló en darles su apoyo incondicional. El resultado, la grabación de un primer LP bajo la dirección y realización del productor Oscar López, también productor del argentino. Caifanes accedió a firmar con RCA Ariola, a cambio de que también Maldita Vecindad firmara y así ocurrió. Para noviembre de 1988 Maldita Vecindad se encontraba grabando en los Estudios PolyGram lo que sería su primer material.
“Desde aquel día me trajeron para acá, será porque no me dejaba rasurar”. Primer verso de la primera canción (¿Será por eso?, 1987) que Caifanes tocó en el concierto de Miguel Mateos, el 31 de octubre de 1987.
Desde aquél día me trajeron para acá… Regreso a 1988 en un abrir y cerrar de ojos. Elijo el soundtrack adecuado para el viaje en el tiempo: el sencillo de “La negra Tomasa”, el único que, en el Chetumal de entonces, nos llegó a través de la radio en amplitud modulada. Las ondas se ampliaron hasta los rincones más oscuros de nuestros corazones que dejaban la niñez para iniciar el terreno minado de la adolescencia. Las ondas sonoras eran producidas por una lánguida voz poco usual para un grupo “cumbianchero”; una articulación de las palabras tan lánguido que bien podríamos pensar en una fiesta funeral llena de alegría, justo de la manera en que los mexicanos celebramos el Día de Muertos. Según en una entrevista realizada a Saúl Hernández por el programa “Verdad y fama”, él mismo declara que “Mátenme porque me muero” está inspirada en la muerte de su madre, ocurrida cuando Saúl tenía 9 años. “Creo que tenía como la necesidad de explotarlo”, dijo al programa, “porque ‘Mátenme’, pues, es como un himno a la reencarnación, es decir, cuando me muera me voy a llevar tu foto porque la voy a ver y sé que nos vamos a ver. Yo lo sentí desde la muerte de mi madre, fue la primera presentación”. La música parecía ser el sonido que, para muchos de los que crecimos en los ochenta, imaginamos como la banda sonora de la situación social y económica de nuestro país: un interminable cuento de colores grises y rojos atardeceres. El sonido que Caifanes nos trajo desde un lugar del sur de la Ciudad de México (más alejada de Chetumal que ahora), se debe mucho a las influencias que los músicos traían en su bagaje musical: la Sonora Santanera y toda la música afroantillana que le gustaba a la mamá de Saúl, XTC, The Cure, The Beatles, Tin Tán, Atahualpa Yupanqui, José Alfredo Jiménez, Pink Floyd. Toda esa amarga amalgama de dulces sonidos arraigados en el alma del mexicano. Por eso el primer tema del disco nos parece tenebroso y romántico a la vez, desesperado, lleno de miedo de enfrentar a la muerte, quedarnos solos, perder lo que más amamos en vida. Es así que seguimos escuchando la voz de Saúl dentro de una maravillosa música producida por tres músicos experimentados en el quehacer musical; cada uno de los “caifanes” pasó por los mismos artistas y grupos plásticos, muy gustados y explotados en México durante los 80, pues el rock no pagaba las rentas. Claro que en Chetumal se vive en una continua línea hacia atrás y esos sonidos siguen gustando; esa es la razón por la cual muchos que no son fanáticos de la banda se espantan al escuchar una canción como “¿Será por eso?”. Mi recuerdo inmediato de esta canción siempre fue una persona demente, atada con camisa de fuerza y con el cabello alborotado, pero la mirada serena y nostálgica, abandonado, como suplicando por un poco de amor, de vida. Pero una mirada a fondo nos lleva a descubrir que es la descripción perfecta de una angustia reprimida, una tristeza que sólo el hecho de gritarla nos brindará alivio eterno durante las interminables horas nocturnas de la adolescencia: el hecho de ser diferentes. “Cuéntame tu vida” parece un dibujo sonoro del vacío y el hartazgo de la soledad, una resaca de alcohol luego de ahogar una pena tan grande que nos ha hecho olvidarnos de nosotros mismos. “La negra Tomasa” se publicó en un EP aparte junto con “Perdí mi ojo de venado” y no se incluyeron en el álbum sino hasta la reedición en disco compacto. La versión extendida de “la negra”, en el EP, es todo un viaje por el sonido de los primeros días: la línea melódica del bajo de Sabo Romo, precisas, llenas de sentimiento y buen gusto al realizar las variaciones, una percusión sencilla –secuenciada electrónicamente- reforzada con el acompañamiento de André, la atmósfera creada por Diego Herrera quien, además de encargarse de los teclados, también tocaba el saxofón. Y es precisamente el saxofón quien inicia la narración musical de un cuento que narra el viaje por las influencias musicales de estas cuatro almas; escuchamos un poco más y llega el solo de guitarra de Saúl Hernández. No es el típico “solo” al que los roqueros “glam” de los ochenta nos tenían acostumbrados: se trata de unas cuantas notas sueltas al principio, cubiertas con la vestidura del distorsionador y delay (efecto de eco), similar al sonido de la guitarra de David Gilmour o las guitarras de Robert Smith. Es, precisamente, lo que más me atrajo de “La negra Tomasa”. Muchos se llevaron una decepción al descubrir que Caifanes era una banda de rock. Como suele pasar con muchos discos, el primer LP de la banda contiene uno de los cortes clásicos: “Viento”, canción que hay sido versionada por infinidad de grupos de bar, bandas de garage, guitarristas aficionados, guitarristas clavados, músicos solitarios, que ha sido tocada en antros, fiestas, serenatas y un sin fin de situaciones más. Hasta entonces no habíamos escuchado unas letras tan honestas y llenas de metáforas. No se me olvida la primera vez que escuché el verso que dice: “No me he dejado de pintar las paredes, ¿será porque las sombras me hacen olvidar?”. Como dijera un par de “charolastras”: pop mata poesía, la lírica de las primeras canciones de Saúl no caían en el discurso pop de pasarla bien y tener la vida resuelta pero tampoco era una poesía facilona al estilo de Ricardo Arjona, era la voz de un sector de la generación mexicana que había asimilado el discurso europeo del rock, la actitud y el sonido. De tal modo que nos llegaba una música “neta y chida” que resultaba “fresa” para roqueros como El Tri o las bandas de “rock urbano” que, si bien sobrevivieron a la persecución del rock, parecían dirigirse hacia ninguna parte. La aparición de una banda como Caifanes vino a darle un nuevo aire a la música popular destinada al público joven. La historia del rock hecho en México se dividió en “antes y después” de Caifanes.
A 20 años, antes de que los olviden… Nadie los podría parar, sólo muertos podrían quedarse callados, nadie nos callaría. Y nadie nos callaría pues, luego de escuchar este primer disco muchos buscábamos el modo de hacer hablar a nuestra alma de la manera en que Saúl lo hizo; cogimos la guitarra y exploramos los sintetizadores, adorábamos el color negro y soñábamos con tener “una banda como Caifanes”: un disco que se vuelve referente y en influencia para otros, se convierte en un clásico. Chá, bajista de Fobia, aseguró: “al menos a mi generación sí tuvimos la fuerte influencia de lo que fue Saúl con Alejandro Marcovich y con Alfonso, de ‘Las insólitas imágenes de Aurora’, y, posteriormente, con los Caifanes.” Otras influencias inmediatas se pueden encontrar en Porter y la manera de cantar de Musgo y hasta en las primeras canciones de “La gusana ciega”, desde la vocalización y las letras. Su primer disco, "Caifanes", salió a la venta en agosto de 1988 y el sencillo "Mátenme Porque Me Muero" fue su primer éxito, seguido por, "Viento", "Amanece" y "Cuéntame tu Vida". El también llamado “Volumen 1”, fue precedido por un EP con tres canciones producido con la intención de probar la aceptación del grupo entre la posible audiencia; el resultado fue la venta de más de trescientas mil copias y, por lo tanto, la grabación del primer LP. Los Caifanes ya no existen. Queda el eco de ese disco grabado totalmente en México y aún resuena en la mente de muchos de los que actualmente tenemos más de 30 años; habría sido horroroso seguir a la masa con su soundtrack patético y vacío mientras mi alma adolescente conocía el dulce sabor de la tristeza y la soledad. Regreso al 2008 y ahora hay demasiadas bandas, algunas cuestionables, otras interesantes; la situación en el país es peor de lo que hace veinte años, ya no hay angustia, tan sólo incógnitas que serán despejadas. Hemos crecido y ya no vemos perros que se arrastran. No regresarán los Caifanes y tal vez sea lo mejor porque sólo los grandes saben morir como los árboles: “de viejos, pero de pie”.
“Nunca nadie nos podrá parar, sólo muertos nos podrán callar”.
“Uno soñaba que era rey…” Francisco Gabilondo Soler.
Yo no me eduqué en una universidad inglesa, simplemente me educaron correctamente. Siempre llego puntual a las citas, eventos o cualquier reunión social. Para mi es una costumbre sólida el llegar puntual a conciertos, recitales, proyecciones de cine, exposiciones, pasarelas y a las clases. En resumen, la impuntualidad es un grave error, casi un pecado, y es uno de los peores insultos luego de la célebre mentada de madre. Ahora bien, y regresando a la educación, en la universidad fue donde la costumbre de la puntualidad se convirtió en algo que me acompañará toda la vida. No sólo porque es de buena educación ser puntual sino porque los músicos (y los artistas en general) necesitamos llegar a tiempo a ensayos, conciertos, recitales, grabaciones: la puntualidad es una disciplina. Y más allá de cumplir con un programa y un horario establecidos previamente, la gente merece nuestro respeto: audiencia, público, invitados a exposiciones o premier de cine. Hace unos días asistí a la inauguración de una exposición plástica en el Museo de la Cultura Maya, misma que estaba programada para las 8 de la noche. A la hora señalada los invitados ya se encontraban reunidos afuera de la sala Dzibanché donde se instaló la exposición. El calor habría sido un detalle intrascendente de no ser porque ya habían pasado quince minutos después de la hora señalada para que empezara el evento, ¿la razón?, el presidente municipal Ruiz Morcillo no llegaba. ¿El señor es impuntual?, no me consta, lo he visto llegar a tiempo en otras ocasiones pero esta vez se pasó, llegó una hora más tarde.
Chetumal tiene un horario alterno al de cualquier huso horario de la república: “la hora de Chetumal” (si Felipe Carrillo Puerto tiene “horario rebelde”, ¿por qué no un horario chetumaleño?). Si lo citan a uno en el café que sea, por ejemplo a las seis de la tarde, se recomienda que lleven consigo un libro, un iPod o una revista pues tendrán que esperar durante media hora o más. Las costumbres se aprenden de los padres, y aquí viene una especie de ironía. Durante años los chetumaleños han creído que el gobernante en turno hace las veces de “padre protector al que todos obedecen, alaban y no cuestionan”. La primera regla de la armonía social (adormecida en su sentido común) establece que no se debe cuestionar a los padres, a pesar de que como seres humanos también son imperfectos (todos lo somos). Los niños aprenden lo que viven con sus padres -qué pena, aprenden lo malo a la perfección- y muchos ya aprendieron a llegar tarde. Otorguemos el beneficio de la duda hasta que se demuestre lo contrario. Me molesta tener que esperar durante más de media hora y en las circunstancias que sean. Me molesta sobremanera que durante los eventos artísticos y culturales tengamos que hacer caravanas a una bola de burócratas a los que en realidad el arte y nuestro trabajo no les importan: aplaudirles demasiado por el hecho de verlos llegar y manotear al personal no se compara EN NADA con las acrobacias de un artista del Cirque du Soleil. El colmo es ver a la figura burocrática principal (la que sea) leyendo y enviando mensajes durante la escenificación, interpretación musical o desarrollo coreográfico: preferiría una mentada o un “bájate, déjanos tus datos, nosotros te llamamos”. Esos burócratas, desde el más grande al más pequeño, obviamente no tienen idea de nada en cuanto a trabajo artístico y disciplina se refiere. Por ejemplo, no creen que un músico tenga practicar durante ocho hora diarias para alcanzar la presteza en la técnica musical y la interpretación de cualquier pieza musical (¡ah!, es que artista es el que sale en la televisión). Los cuadros pictóricos son el resultado de una idea elaborada a base de mucha técnica, un poco de alma, demasiadas dosis de filosofía y elementos culturales, no son simples trazos para colgar en la pared. Las bailarinas no se paran de puntas para que admiren sus cuerpos delicados y bellos, están contando una historia en silencio y con pasión (por lo menos, para admirarlas, dejen de leer los mensajes en el celular). El poeta y el novelista no escriben palabras sin hablar como galimatías literario entre mensajes ininteligibles (es más ininteligible un discurso de fiestas patrias). Las figuras principales en un evento artístico no son los líderes de opinión ni los gobernantes, sólo son invitados; pero aunque son invitados de honor “que realzan el evento”, éstos deben llegar puntuales a las citas y, por educación y respeto a los artistas, DEBEN APAGAR SUS TELÉFONOS CELULARES. Dejarlos encendidos y enviar mensajes mientras el artista realiza su trabajo no les da mayor importancia. No sólo se trata del gremio artístico sino de la gente en general. Por esa razón considero que los mítines políticos no son plataformas para exponer propuestas en beneficio del pueblo, es un simulacro de ayuda social con fuertes dosis de condicionamiento reforzado: obedece, grita cuando yo alce la mano y a cambio te doy una tortita atascada de mayonesa (debes verte bien alimentado aunque presentes un cuadro de desnutrición grave). Los artistas beneficiamos al pueblo y no diré por qué, hagan un esfuerzo y analícenlo. El tiempo, tan abstracto en su concepción ideológica, es valioso, rinde frutos si se aprovecha correctamente. El respeto a los demás es una virtud y la impuntualidad habla mucho de la persona que la practica.
En lo que va del año una serie de sensaciones anidaron en mi interior al punto que no cesaba de repetirme: “ya no sé quién soy”. Solía ser músico, guitarrista clásico y eléctrico, escribía música para mí, para mi banda y para algunos grupos artísticos del Distrito Federal y Chetumal. El exceso de trabajo en estos ambientes editoriales mermaron mi tiempo y la música quedó relegada al rincón de los trebejos. Creí que mi naturaleza artística había muerto para siempre; tocar mi instrumento era la manera más sencilla de volar por encima de todos –durante la adolescencia- y encontrar una cura a mis dolencias espirituales propias de la edad. Cuando decidí tomar a la música como una profesión universitaria y de alto rendimiento, ésta se había convertido en mi pasión, mi extraña forma de vida. Y necesitaba pensar en cómo vivir de ella, urgentemente. Trabajé como músico en la Ciudad de México en diversas actividades y proyectos, enseñé guitarra clásica durante dos años y hasta escribí una suite para un cuento radiofónico que alguien me robó. En 2004 regresé a Chetumal casi a la deriva moral, sin saber qué hacer y sin trabajo. En Chetumal no hay campo de trabajo para aquellos que hayan tomado a las artes como una forma de vida. Para hacernos “productivos” ante la sociedad recurrimos a diversas actividades como el entretenimiento para fiestas, música versátil para amenizar bodas y comilonas (aunque nadie escucha absolutamente nada), el diseño publicitario, entre otras actividades que si bien nos dejan para pagar la renta eclipsan el espíritu creador del artista. Ya hablé del cáncer del artista: su propio ego. Eso no es tan grave pues el ego no es el único enemigo del artista sino la sociedad y sus propios colegas. Un artista se prepara durante años en el perfeccionamiento de su técnica (ya sean actores, escritores, artistas plásticos y músicos), misma que no es gratuita sobre todo si se quiere aprender de los mejores; unos gastan en cuerdas, en el instrumento o equipo de audio, tela para lienzos, pinturas, pinceles, vestuario, libros, papel, computadoras, partituras, libretos, puntas, zapatillas de jazz, maquillaje, y un largo etcétera. Además del gasto en equipo y material de trabajo está el pago de honorarios y sus respectivos impuestos. El “artista muerto de hambre” es un mito clasemediero inventado por alguien que quiso ser artista y sus padres no se lo permitieron… bueno, no, en realidad es un mito que la burguesía y la clase media se empeñan en fomentar cerrando las fuentes de trabajo para nosotros y educa a la masa en la chatarra artística más inmediata y efímera. ¿Por qué dejé de hacer música en Chetumal? No fue por el trabajo ya que durante el primer año que pasé siendo reportero de cultura me quedaba tiempo para escribir música, misma que se transmitía en un programa de radio; participé en algunos recitales de música popular, de jazz y rock. No fue ni siquiera la falta de estudio de mi instrumento y la consecuente parálisis muscular. Tampoco fue porque se hayan agotado las ideas pues durante el fin de semana pasado escribí nuevos temas, para mí, pero los escribí con la facilidad y soltura de antes. No hay pretextos. Dejé de escribir música porque en esta ciudad el arte está subvalorado, se regatea, se ningunea y sólo se le paga a los extranjeros (¿acaso ellos son los únicos que saben de arte?). Desde el director de cualquier escuela de música, kinder y secundaria, hasta el dramaturgo, el mimo o la coreógrafa obsesionada con que la música se adapte a los movimientos del bailarín (y a los berrinches de la propia coreógrafa), los dueños de bares, las casas de cultura, las secretarías de educación, las de cultura, los mismos artistas y la lista es interminable. Los artistas también se registran ante Hacienda para pagar impuestos por el servicio que prestan. Sí, entretenerlos es un servicio, ¿a poco creen que por hacerlos reír o amenizar sus noches de seducción con música romántica es de a gratis?, ¡por supuesto que no!, somos profesionistas como los abogados, ingenieros, los médicos y administradores. No somos usureros del arte aunque existen artistas chabacanos. La culpa la tenemos nosotros y la misma sociedad educada en un sistema que no contempla al arte como un producto sino como una carga innecesaria (¿para qué pagar por una serie de ideas revolucionarias o un montón de ruido que no entiende la masa?). La inmensa mayoría de las personas creen que un artista es sólo aquel que sale en los programas de televisión como Lacrademia o el Big Brother; el joven que pinta o la hermosa chica que se mueve como cisne, no son artistas, sólo les gusta pintar y bailar. Por culpa de mercenarios como Sebastián, los gobiernos no pagan a los artistas de manera justa, pagamos justos por pecadores. No nos convertiremos en millonarios pero tenemos que pagar renta, impuestos, material de trabajo; los que tienen familia que mantener no viven con doscientos pesos por la musicalización de una obra teatral (aunque al final esa obra gane un premio en efectivo) ni pagan los útiles escolares de los hijos. La vida moderna se basa en el valor que una persona adquiere al acumular objetos y baratijas que no sirven para nada. Es más barato invertir en una máquina de karaoke que invitar a un grupo para amenizar la fiesta. Existen dos polos: los que consumen arte y pagan cualquier precio porque saben el valor que tienen las expresiones artísticas y su producción; y por otro lado están los que consumen chatarra del entretenimiento, los que pagan veinte pesos por un disco pirata pero no pagarían cincuenta u ochenta pesos por una obra de teatro o un concierto de jazz. En Chetumal es así. En la ciudad hay talento en bruto y otros que merecen presentarse en foros bien iluminados y sonorizados, cada producción cuesta y no sólo hay que recuperar la inversión, también hay que pagarle a los músicos, bailarines, a todo el personal artístico y de staff. Pero siempre es el “no hay no hay”. No hay presupuesto, es sólo por amor al arte. Amo el arte. La música es mi pasión y aunque escriba en este periódico (que igual me gusta hacerlo), jamás abandonaré la música: escribiré música para mí. Mientras siga habiendo “amiguismo” en Chetumal, el arte será un remedo de la vida y los productos finales serán los más chabacanos y, con justa razón, la gente no querrá asistir a escuchar o admirar el trabajo artístico. No morimos de hambre, sólo se muere el espíritu creador. Las musas son utopías y de aplausos no vive el payaso.
Luego de muchos espacios en blanco que mi mente se ha encargado de crear y haciendo a un lado las actividades dentro de la “socialité”, me siento a escribir una entrega más del Abismo Sónico. Y lo hago con la gran satisfacción que me produce escuchar música, presenciar el acto efímero de interpretación única que convierte las vibraciones de una cuerda en señales auditivas. Uno de los acontecimientos culturales más importantes en lo que va del año –y no se trata de un bailable- sin duda fue la visita la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Habrá quien diga que exagero pero, siendo esta la ciudad donde “nunca pasa nada” y lo más emocionante que pasa es una redada a los antros, la presentación de una orquesta es un evento muy importante y ahora vamos a ver por qué.
Para empezar, la asistencia del público fue positiva. Asistió tanta gente –alrededor de unas 2 mil quinientas personas- entre jóvenes, familias, empresarios, políticos y turistas extranjeros, que tira por la borda aquella leyenda urbana de que en Chetumal “sólo se toca lo que a la perrada le gusta” (esto sin connotaciones peyorativas, así se expresa la mayoría de la gente chetumaleña). No podemos dejar de lado a los villamelones y escenosos de la cultura, pero lo que aquí importa es el poder de convocatoria que la música sinfónica tuvo durante el fin de semana del 21 y 22 de junio. La primera presentación en Chetumal, las del 21 de junio, efectuada en el anfiteatro Minerva, del Centro Cultural para las Bellas Artes, tuvo un repertorio que fue el más adecuado para el público local: la Obertura de Orfeo en los infiernos, de Jacques Offenbach, la Obertura 1812 de Tchaicovsky, el Huapango de José Pablo Moncayo, además de algunos danzones de Agustín Lara y el arreglo sinfónico de Leyenda de Chetumal (afortunadamente no fue “Suéñame Quintana Roo”). Si bien para un público acostumbrado a los conciertos semanales de cualquier orquesta el repertorio puede ser muy sencillo, es el más idóneo para que la gente se acerque a la música sinfónica (que no, clásica pues hablamos de un estilo musical, no de un período de la historia de la música).
Disfruté el concierto, salvo por la pésima sonorización que los técnicos de la Secretaría de Cultura realizaron, evidenciando su falta de cultura musical y correcta preparación (cuando la orquesta interpretaba pasajes musicales que debían ser suaves, pianísimo, los excelentes técnicos subían el nivel de ganancia de los micrófonos, provocando la retroalimentación en la señal de salida). El público asistente aplaudió, sonrió, vibró con los pasajes musicales de las obras y hasta se paró a bailar los danzones de Agustín Lara. Vaya pues, cada quien vibró como mejor sintió la música, de eso se trata. Sin embargo, el anfiteatro no es el lugar ideal para conciertos de este tipo. A los instrumentos de la orquesta sinfónica, orquesta de cámara o camerata se les disfruta en la intimidad de una sala de conciertos, no para restringir el acceso del pueblo sino para percibir el calor de los instrumentos de viento o de cuerdas en su forma más pura, sin más amplificación que la del escenario. Lo que se vivió y escuchó el sábado 21 de junio puede ser el primero de muchos conciertos regulares de este tipo de música, algo más delicado y excelso que el vulgar reguetón consumido durante fiestas y comilonas intrascendentes. Acostumbrados a como nos querían mantener, a dieta de música rondallezca mal asimilada como el nivel más excelso de la música, la presentación de la orquesta sinfónica permite que jóvenes y niños tengan acceso al mundo con el sonido de tiempos pasados. La música educa, por mucho, mueve las fibras y los afectos, ¿Quién no imaginó el estallido de los cañones en la cadencia final de la Obertura 1812? Y así nos pueden traer el mundo y sus sonidos de ultramar, las obras de los grandes maestros nacionales como Revueltas, Carlos Chávez, Blas Galindo o Arturo Márquez; el sonido del pasado en la obra de Bach, Dowland, la genialidad de Mozart y hasta los colores de los “Cuadros de una exposición”. El centro cultural tuvo vida, brilló y su voz materializada en aplausos fue el momento más brillante en la noche de ese sábado. ¿La cultura y el arte están muertos en Chetumal? Más bien, están relegados a las esquinas de cualquier casa, se le amordazó para complacer a unos cuantos y se le obliga a permanecer inmóvil con el pretexto de la falta de recursos. A la Secretaría de Cultura deben inocularle una dosis de neuronas para no olvidar darle continuidad a las actividades. Va bien, muestra un interés por reactivar a esta ciudad cansada de shows de botargas y cantantes de karaoke, pero no hay que dormirse en los laureles. Hay mucho por hacer en todas las disciplinas. Personalmente espero otro concierto semejante. El pueblo de Chetumal se quedó con un grato sabor de boca, ¿para qué darle más pan con lo mismo? Espero que los acordes y melodías escuchadas el sábado sean parte de una obertura anunciando tiempos mejores para el arte y la cultura de Chetumal.
El mejor recuerdo que conservo de mi padre es aquel que él olvidó por el resto de su vida, un episodio que no se repetiría nunca más a pesar del paso del tiempo y de la llegada de mis hermanos. Más bien, creo que una parte de mi vida tuvo más diversión y buenos momentos justo antes de llegar a estas tierras. 1979, el año en que las cosas comenzaban a sucederse con toda claridad para mi percepción. Niño feliz y confiado en que el mañana era incierto pero emocionante, entraba al jardín de niños sin el llanto infantil que eso supone: a decir verdad, me intrigaba el hecho de conocer niños diferentes a los que frecuentaba en la zona donde vivía con mis padres, en el Distrito Federal. Hijo de padres jóvenes el tiempo libre se nos iba en jugar, salir a pasear o ir al cine, que era mi actividad favorita. Con mi papá solía caminar por un parque cercano a la casa donde vivíamos en la ciudad de México, todas las tardes; él empujaba el carro miniatura que me habían regalado el Día de Reyes, “el bola de fuego”. Tal carrito era la neta para mí pues además de que era ligero tenía una cajuelita donde guardaba mis golosinas, juguetes diversos y hasta las varitas de árbol caídas en el suelo del parque. A mi mamá le desesperaba que llevara esas varitas a la casa, aunque nunca dejé de llevarlas. Entre semana era un paseo obligado, a las 5 o 6 de la tarde, con la condición de que hiciera la tarea del kinder (desde chiquito nos acondicionan para cumplir con las responsabilidades). Eran paseos tranquilos pues no había muchos niños en el parque, así que, cuando nos acompañaba mi mamá nos sentábamos a ver a los que jugaban fútbol en la cancha del parque. Golosina obligatoria: los raspados de grosella, cacahuates con limón y chile y las jícamas. En las tardes de lluvia nos quedábamos en casa. Mi papá se sentaba en el suelo a jugar conmigo. Armábamos circos que sólo mi mente de niño percibía como enormes, llenos de color y magia. Disfrutaba jugar con mi papá en esas tardes porque a veces nos aventábamos horas enteras hasta que yo ya tenía mucho sueño. Acompañaba a mi papá a todas partes. Mejor dicho, me llevaba, y qué bueno que lo hizo… sólo hasta esa época. A veces lo acompañaba a hacer ejercicio; mientras él corrí por el parque, yo jugaba con mi pelota. En otra ocasión lo acompañaba al gimnasio y a la oficina donde trabajaba, en la zona conocida como Paseo de la Reforma, que aunque jamás me han gustado las oficinas (las evito en lo posible), fui muy feliz dibujando y construyendo aviones de papel mientras mi padre trabajaba: era feliz porque sabía que al salir de la oficina me llevaría al zoológico o a la feria de Chapultepec. Más de dos veces, mi papá solía comprar paletas de agua y, aunque le entraba con fe a las paletas, en la noche yo ya tenía 40 grados de temperatura. Volviendo a Chapultepec, mi padre y yo solíamos sentarnos donde hubiesen mimos callejeros, algún grupo musical o simplemente lo observaba hojeando libros que en la portada tenia a un tipo greñudo, con una estrella roja que lo rodeaba. Tiempo después supe que mi papá hojeaba libros “revolucionarios” y el greñudo se llama Ernesto “Ché” Guevara. Esos momentos son los que más han influido en mí: sentarnos a ver espectáculos callejeros, el gusto por los libros y los discos, salir a caminar y observar gente. No sé si mi papá observaba a la gente, no supe jamás qué pensaba o sentía al escuchar a los músicos callejeros. En realidad, no se nada de mi padre y creo que él no sabe nada de mí. Lentamente, ese papá con el que compartí muchos momentos y viajes interestelares a bordo del “bola de fuego”, fue absorbido por el sistema (de alguna manera él tenía que mantener a su familia) y lo enviaron a un lugar lejos, con mar y prácticamente desconocido: Chetumal. Aquí todo cambió: las costumbres, los amigos, el clima, ya no me enfermaría tan seguido. Veía el cuerpo y la cara de mi padre pero ya no era el mismo. A lo largo de los años trato de entender ciertos actos de mi papá; algunas cosas las he entendido y otras simplemente, no les hallo explicación lógica. A veces siento que mi alma se quedó suspendida en una época distante, mi infancia, y que la única manera de superar ciertas pesadillas es vivir mi propia vida. Extraño esos días, definitivamente, pero hay otros que desearía no haber vivido. Mientras tanto me llega el momento de ser papá, es tiempo de pulir el ser humano que soy.
Alfredo: “Viviendo aquí día con día, piensas que es el centro del mundo. Crees que nada cambiará. Entonces te vas: un año o dos años. Cuando regresas todo ha cambiado. Los lazos se han roto. Lo que has descubierto ya no existe, lo que era tuyo se ha ido. Tienes que irte por un largo tiempo… muchos años… antes de que puedas regresar y encontrar a tu gente, la tierra donde naciste. Pero ahora no, eso no es posible, ahora eres más ciego que yo.” Salvatore:“¿Quién dijo eso?, ¿Gary Cooper? ¿James Stewart? ¿Henry Fonda?” Alfredo:“No Toto, nadie lo dijo. Esto lo digo yo. La vida no es como en las películas. La vida… es mucho más dura”. Diálogo entre Alfredo y Toto en “Cinema Paradiso”, Giuseppe Tornatore (1988).
Protagonista de mi propia película. Muchas personas que me preguntan cómo veo la vida, les respondo que la mía es una historia en Technicolor, con sonido Stereo y a veces, en Cinemascope. Algunas otras quisiera reclamar al libretista el haber escrito episodios que no me han dejado buen sabor de boca. ¡Vaya!, ni siquiera utilizo dobles en las escenas de peligro, por eso tengo algunas heridas que van desde las leves hasta las graves. ¿Cuántos nos hemos identificado con algunas películas al grado de que hacemos nuestros los diálogos, las situaciones, la banda sonora y hasta el vestuario y los accesorios? Les aseguro que muchos y el que no se emocione con alguna escena memorable en la historia del cine, está muerto en vida. Un cinéfilo es un clavado que tiene un gusto especial por el cine más conocido como séptimo arte, esta afición puede ser un pasatiempo y también puede convertirse en un experto analizador y crítico de filmes. Dicen que para ser un buen cinéfilo es preciso tener en cuenta muchos factores a la hora de analizar una película como: el guión, los actores, la escenografía y demás elementos técnicos y artísticos que componen la trama. Como el cine es un arte, la crítica y comentarios por parte de un cinéfilo es más una apreciación personal, basada en la información suministrada durante la proyección, para el cinéfilo es importante el disfrutar de cada uno de los elementos de la composición y del ambiente donde se proyecta el film. Pero no todos pueden ser cinéfilos. Unos simplemente les gusta ir al cine y divertirse, no se clavan en la textura de la historia o huyen de las películas lentas al estilo de Ingmar Bergman (a mi gusto, es excelso), tan difíciles de comprender para quienes viven la vida de manera rápida y quieren historias digeribles, casi en frasco Gerber. Veamos, citar cinco películas indispensables en mi vida resulta injusto pues, como el universo, el arte se expande hasta el infinito y la obra cinematográfica es vasta. No hay que limitarse con el cine hollywoodense, hay más en este mundo y no vivimos en una burbuja. Empezaré con “Crossroads” (Encrucijada), película de 1986 protagonizada por Ralph Macchio (el escuincle de Karate Kid) donde el protagonista es un guitarrista de blues. Esa “peli” fue la culpable de que decidiera volverme guitarrista por el resto de mi vida. “Star Wars”, aunque hollywoodense, influyó un poco en la creencia de galaxias muy lejanas, de tiempos civilizados y de que, en algún lugar del cosmos, sí existen alianzas rebeldes que luchan contra los imperios opresores y triunfan. En la vida real, el imperio oscuro está dentro de nosotros, La Fuerza fluye pero no sabemos canalizarla. “Far Away, so close!” (Tan lejos, tan cerca) me llevó a volar por encima de las almas solitarias, insertó la obsesión por penetrar en los pensamientos de los que me rodean. “Modern Times” (Tiempos modernos) de Chaplin, es un claro ejemplo de que el cine no es sólo palomitas, glamour y melcocha a 24 cuadros por segundo: es revolución, es protesta, propositivo y educativo.
He relacionado momentos de mi vida con algunas películas, aunque la vida es más dura que en las películas. “Cinema Paradiso” es mi película favorita de todos los tiempos. Como Toto –el protagonista de Cinema Paradiso- tuve que salir de la ciudad que me vio crecer hasta la mayoría de edad, aunque no haya nacido en Chetumal. Me fui muchos años para encontrar mi destino y mi propósito en la vida. Tuve que regresar. Las cosas no eran como antes, no estoy seguro si es para bien o para mal; los viejos amores, los sitios, los bares, las calles, dejaban de ser míos y la gente que estaba en mi vida se había ido: ahora sólo quedan recuerdos en común. Y como en la película, tuve mi “cinema paradiso”: un viejo cine que también fue derrumbado, con las piedras se fueron las voces del pasado, testigos de divertidas matinée y lágrimas ocultas en la oscuridad de la función de las cinco de la tarde. En una película los problemas se arreglan en segundos, mientras que en la vida real nos lleva días, semanas o meses. Hay escenas de peligro y gags, chistes involuntarios y una que otra mentada de madre (a huevo, si no, no sería película mexicana). Una película está incompleta sin escenas de amor, de sexo o de dramatismo… o ¿me van a decir que nadie de ustedes besa, seduce, hace el amor o simplemente, disfruta el paisaje natural del cuerpo ajeno?
“Tus ropas caen lentamente, soy un espía, un espectador; y el ventilador desgarrándote, sé que te excita pensar hasta dónde llegaré”. Persiana americana, Gustavo Cerati.
Desde que nacemos, la vida se presenta como una película a la cual le vamos entendiendo una vez que tenemos uso de razón. El cuerpo es un espacio temporal, nuestra casa del alma en la que se cocinan las miles de maneras de recorrer el mundo o descubrir los misterios de la vida; el alma que habita en la casa es curiosa, cuestionadora. Observadores por naturaleza, nos extasiamos ante imágenes y sucesos que satisfacen nuestra curiosidad, influyendo en nuestro conocimiento del mundo y del medio que nos rodea. No me referiré al voyeurismo dentro del plano sexual sino del existencial, al hecho de ser quienes somos, qué hacemos y a dónde queremos llegar. Si son seguidores de Sartre, me temo que no ahondaré en el existencialismo per sé. Un poco de ambas. Menciona la Wikipedia: “El voyeurismo es una conducta caracterizada por la contemplación de personas desnudas o realizando algún tipo de actividad sexual con el objetivo de conseguir una excitación sexual (delectación voyeurista).” Veámoslo a la inversa, con personas vestidas y realizando una actividad no precisamente sexual. Simplemente viviendo la vida de manera normal. Contemplar la vida, tomar los elementos que de ella emanan: sensaciones, emociones, ideas; la simple observación de las personas es una actividad que nos produce placer y al mismo tiempo, retroalimentan nuestras ganas de saborear la vida. Nos fascina contemplar el curso de los días ajenos, días grises o soleados en donde los secretos a voces son la constante en este mundo globalizado. Echamos mano de revistas, periódicos, programas de televisión (desde los noticieros a los “reality shows”) tan sólo para meternos dentro de la vida de las celebridades. Pareciera como si nuestras vidas fueran tan aburridas que tenemos que robar la vida de los demás. Tal vez no es el caso de muchos de nosotros. Por otra parte, somos protagonistas de nuestra propia película a la cual asisten miles de personas a verla. El guión lo determinan las decisiones que tomemos frente a los problemas que acontecen día a día; hay banda sonora en sonido cuadrafónico y fotografía en Technicolor. Expulsado de una iglesia a la cual no pertenezco ni perteneceré, cometo el pecado de realizar mis cortometrajes de manera pausada, renegando de toda existencia divida (porque seguramente, si existe un ser superior, éste es un voyeurista universal). Observar y ser observados. Tomar las riendas de nuestra vida y correr el riesgo a darnos en la madre. Contemplamos la vida y tomamos riesgos o simplemente nos arriesgamos a perderla. Quizá el encanto de la paradoja a la pregunta que planteo al principio de este artículo es que pueden ser ambas: vivimos la vida y la observamos o somos protagonistas de nuestra historia mientras somos observados por aquellos quienes temen arriesgarse a vivir. Por ejemplo, cuando una mujer nos gusta (u hombre, según sea el caso), elegimos una opción de entre cientos, casi siempre terminamos: o nos acercamos y expresamos nuestro sentimiento, o simplemente callamos, contemplamos y observamos cómo esa mujer se va con otro más “aventado”. Lo mismo sucede con las oportunidades en la vida. Hay que vivir, dejarse observar pero sin que se viole nuestro espacio vital. Observar es tan placentero que nos estimula a buscar más de la vida, de nosotros mismos y de los demás. Ya quiero tomar más riesgos y vivir, observaré un rato más… y luego me iré a volar por el mundo.
Hay que llamarse anónimo para lanzar una piedra de intolerancia y de una cultura corta, de visión limitada a lo superficial y que obedece a los designios de un dogma o un sistema de gobierno.
Hay que ser anónimo para gritar "estúpido" sin dejar huella de su existencia, porque el nombre te identificará como lo peor que le puede suceder a la raza humana: ignorancia.
Hay que ser anónimo para defender su propia estulticia sin mancharse con la razón científica y social.
anónimo es aquel que lanza golpes sin tener condición física... anónimo es un cobarde disfrazado de intelectual... anónimo eres cuando tus impulsos dominan la razón al momento de criticar toda ideología