martes, julio 22, 2008

Como si tuviésemos todo el tiempo del mundo

“Uno soñaba que era rey…” Francisco Gabilondo Soler.


Yo no me eduqué en una universidad inglesa, simplemente me educaron correctamente. Siempre llego puntual a las citas, eventos o cualquier reunión social. Para mi es una costumbre sólida el llegar puntual a conciertos, recitales, proyecciones de cine, exposiciones, pasarelas y a las clases. En resumen, la impuntualidad es un grave error, casi un pecado, y es uno de los peores insultos luego de la célebre mentada de madre.
Ahora bien, y regresando a la educación, en la universidad fue donde la costumbre de la puntualidad se convirtió en algo que me acompañará toda la vida. No sólo porque es de buena educación ser puntual sino porque los músicos (y los artistas en general) necesitamos llegar a tiempo a ensayos, conciertos, recitales, grabaciones: la puntualidad es una disciplina. Y más allá de cumplir con un programa y un horario establecidos previamente, la gente merece nuestro respeto: audiencia, público, invitados a exposiciones o premier de cine.
Hace unos días asistí a la inauguración de una exposición plástica en el Museo de la Cultura Maya, misma que estaba programada para las 8 de la noche. A la hora señalada los invitados ya se encontraban reunidos afuera de la sala Dzibanché donde se instaló la exposición. El calor habría sido un detalle intrascendente de no ser porque ya habían pasado quince minutos después de la hora señalada para que empezara el evento, ¿la razón?, el presidente municipal Ruiz Morcillo no llegaba. ¿El señor es impuntual?, no me consta, lo he visto llegar a tiempo en otras ocasiones pero esta vez se pasó, llegó una hora más tarde.

Chetumal tiene un horario alterno al de cualquier huso horario de la república: “la hora de Chetumal” (si Felipe Carrillo Puerto tiene “horario rebelde”, ¿por qué no un horario chetumaleño?). Si lo citan a uno en el café que sea, por ejemplo a las seis de la tarde, se recomienda que lleven consigo un libro, un iPod o una revista pues tendrán que esperar durante media hora o más. Las costumbres se aprenden de los padres, y aquí viene una especie de ironía. Durante años los chetumaleños han creído que el gobernante en turno hace las veces de “padre protector al que todos obedecen, alaban y no cuestionan”. La primera regla de la armonía social (adormecida en su sentido común) establece que no se debe cuestionar a los padres, a pesar de que como seres humanos también son imperfectos (todos lo somos). Los niños aprenden lo que viven con sus padres -qué pena, aprenden lo malo a la perfección- y muchos ya aprendieron a llegar tarde. Otorguemos el beneficio de la duda hasta que se demuestre lo contrario.
Me molesta tener que esperar durante más de media hora y en las circunstancias que sean. Me molesta sobremanera que durante los eventos artísticos y culturales tengamos que hacer caravanas a una bola de burócratas a los que en realidad el arte y nuestro trabajo no les importan: aplaudirles demasiado por el hecho de verlos llegar y manotear al personal no se compara EN NADA con las acrobacias de un artista del Cirque du Soleil. El colmo es ver a la figura burocrática principal (la que sea) leyendo y enviando mensajes durante la escenificación, interpretación musical o desarrollo coreográfico: preferiría una mentada o un “bájate, déjanos tus datos, nosotros te llamamos”.
Esos burócratas, desde el más grande al más pequeño, obviamente no tienen idea de nada en cuanto a trabajo artístico y disciplina se refiere. Por ejemplo, no creen que un músico tenga practicar durante ocho hora diarias para alcanzar la presteza en la técnica musical y la interpretación de cualquier pieza musical (¡ah!, es que artista es el que sale en la televisión). Los cuadros pictóricos son el resultado de una idea elaborada a base de mucha técnica, un poco de alma, demasiadas dosis de filosofía y elementos culturales, no son simples trazos para colgar en la pared. Las bailarinas no se paran de puntas para que admiren sus cuerpos delicados y bellos, están contando una historia en silencio y con pasión (por lo menos, para admirarlas, dejen de leer los mensajes en el celular). El poeta y el novelista no escriben palabras sin hablar como galimatías literario entre mensajes ininteligibles (es más ininteligible un discurso de fiestas patrias).
Las figuras principales en un evento artístico no son los líderes de opinión ni los gobernantes, sólo son invitados; pero aunque son invitados de honor “que realzan el evento”, éstos deben llegar puntuales a las citas y, por educación y respeto a los artistas, DEBEN APAGAR SUS TELÉFONOS CELULARES. Dejarlos encendidos y enviar mensajes mientras el artista realiza su trabajo no les da mayor importancia.
No sólo se trata del gremio artístico sino de la gente en general. Por esa razón considero que los mítines políticos no son plataformas para exponer propuestas en beneficio del pueblo, es un simulacro de ayuda social con fuertes dosis de condicionamiento reforzado: obedece, grita cuando yo alce la mano y a cambio te doy una tortita atascada de mayonesa (debes verte bien alimentado aunque presentes un cuadro de desnutrición grave).
Los artistas beneficiamos al pueblo y no diré por qué, hagan un esfuerzo y analícenlo. El tiempo, tan abstracto en su concepción ideológica, es valioso, rinde frutos si se aprovecha correctamente. El respeto a los demás es una virtud y la impuntualidad habla mucho de la persona que la practica.

miércoles, julio 09, 2008

Por qué dejé de hacer música… en Chetumal

En lo que va del año una serie de sensaciones anidaron en mi interior al punto que no cesaba de repetirme: “ya no sé quién soy”. Solía ser músico, guitarrista clásico y eléctrico, escribía música para mí, para mi banda y para algunos grupos artísticos del Distrito Federal y Chetumal. El exceso de trabajo en estos ambientes editoriales mermaron mi tiempo y la música quedó relegada al rincón de los trebejos. Creí que mi naturaleza artística había muerto para siempre; tocar mi instrumento era la manera más sencilla de volar por encima de todos –durante la adolescencia- y encontrar una cura a mis dolencias espirituales propias de la edad. Cuando decidí tomar a la música como una profesión universitaria y de alto rendimiento, ésta se había convertido en mi pasión, mi extraña forma de vida. Y necesitaba pensar en cómo vivir de ella, urgentemente.
Trabajé como músico en la Ciudad de México en diversas actividades y proyectos, enseñé guitarra clásica durante dos años y hasta escribí una suite para un cuento radiofónico que alguien me robó. En 2004 regresé a Chetumal casi a la deriva moral, sin saber qué hacer y sin trabajo.
En Chetumal no hay campo de trabajo para aquellos que hayan tomado a las artes como una forma de vida. Para hacernos “productivos” ante la sociedad recurrimos a diversas actividades como el entretenimiento para fiestas, música versátil para amenizar bodas y comilonas (aunque nadie escucha absolutamente nada), el diseño publicitario, entre otras actividades que si bien nos dejan para pagar la renta eclipsan el espíritu creador del artista. Ya hablé del cáncer del artista: su propio ego. Eso no es tan grave pues el ego no es el único enemigo del artista sino la sociedad y sus propios colegas.
Un artista se prepara durante años en el perfeccionamiento de su técnica (ya sean actores, escritores, artistas plásticos y músicos), misma que no es gratuita sobre todo si se quiere aprender de los mejores; unos gastan en cuerdas, en el instrumento o equipo de audio, tela para lienzos, pinturas, pinceles, vestuario, libros, papel, computadoras, partituras, libretos, puntas, zapatillas de jazz, maquillaje, y un largo etcétera. Además del gasto en equipo y material de trabajo está el pago de honorarios y sus respectivos impuestos. El “artista muerto de hambre” es un mito clasemediero inventado por alguien que quiso ser artista y sus padres no se lo permitieron… bueno, no, en realidad es un mito que la burguesía y la clase media se empeñan en fomentar cerrando las fuentes de trabajo para nosotros y educa a la masa en la chatarra artística más inmediata y efímera.
¿Por qué dejé de hacer música en Chetumal? No fue por el trabajo ya que durante el primer año que pasé siendo reportero de cultura me quedaba tiempo para escribir música, misma que se transmitía en un programa de radio; participé en algunos recitales de música popular, de jazz y rock. No fue ni siquiera la falta de estudio de mi instrumento y la consecuente parálisis muscular. Tampoco fue porque se hayan agotado las ideas pues durante el fin de semana pasado escribí nuevos temas, para mí, pero los escribí con la facilidad y soltura de antes.
No hay pretextos. Dejé de escribir música porque en esta ciudad el arte está subvalorado, se regatea, se ningunea y sólo se le paga a los extranjeros (¿acaso ellos son los únicos que saben de arte?). Desde el director de cualquier escuela de música, kinder y secundaria, hasta el dramaturgo, el mimo o la coreógrafa obsesionada con que la música se adapte a los movimientos del bailarín (y a los berrinches de la propia coreógrafa), los dueños de bares, las casas de cultura, las secretarías de educación, las de cultura, los mismos artistas y la lista es interminable.
Los artistas también se registran ante Hacienda para pagar impuestos por el servicio que prestan. Sí, entretenerlos es un servicio, ¿a poco creen que por hacerlos reír o amenizar sus noches de seducción con música romántica es de a gratis?, ¡por supuesto que no!, somos profesionistas como los abogados, ingenieros, los médicos y administradores. No somos usureros del arte aunque existen artistas chabacanos. La culpa la tenemos nosotros y la misma sociedad educada en un sistema que no contempla al arte como un producto sino como una carga innecesaria (¿para qué pagar por una serie de ideas revolucionarias o un montón de ruido que no entiende la masa?).
La inmensa mayoría de las personas creen que un artista es sólo aquel que sale en los programas de televisión como Lacrademia o el Big Brother; el joven que pinta o la hermosa chica que se mueve como cisne, no son artistas, sólo les gusta pintar y bailar. Por culpa de mercenarios como Sebastián, los gobiernos no pagan a los artistas de manera justa, pagamos justos por pecadores.
No nos convertiremos en millonarios pero tenemos que pagar renta, impuestos, material de trabajo; los que tienen familia que mantener no viven con doscientos pesos por la musicalización de una obra teatral (aunque al final esa obra gane un premio en efectivo) ni pagan los útiles escolares de los hijos. La vida moderna se basa en el valor que una persona adquiere al acumular objetos y baratijas que no sirven para nada. Es más barato invertir en una máquina de karaoke que invitar a un grupo para amenizar la fiesta.
Existen dos polos: los que consumen arte y pagan cualquier precio porque saben el valor que tienen las expresiones artísticas y su producción; y por otro lado están los que consumen chatarra del entretenimiento, los que pagan veinte pesos por un disco pirata pero no pagarían cincuenta u ochenta pesos por una obra de teatro o un concierto de jazz. En Chetumal es así.
En la ciudad hay talento en bruto y otros que merecen presentarse en foros bien iluminados y sonorizados, cada producción cuesta y no sólo hay que recuperar la inversión, también hay que pagarle a los músicos, bailarines, a todo el personal artístico y de staff. Pero siempre es el “no hay no hay”. No hay presupuesto, es sólo por amor al arte.
Amo el arte. La música es mi pasión y aunque escriba en este periódico (que igual me gusta hacerlo), jamás abandonaré la música: escribiré música para mí. Mientras siga habiendo “amiguismo” en Chetumal, el arte será un remedo de la vida y los productos finales serán los más chabacanos y, con justa razón, la gente no querrá asistir a escuchar o admirar el trabajo artístico.
No morimos de hambre, sólo se muere el espíritu creador. Las musas son utopías y de aplausos no vive el payaso.

jueves, junio 26, 2008

La obertura nocturna


Luego de muchos espacios en blanco que mi mente se ha encargado de crear y haciendo a un lado las actividades dentro de la “socialité”, me siento a escribir una entrega más del Abismo Sónico. Y lo hago con la gran satisfacción que me produce escuchar música, presenciar el acto efímero de interpretación única que convierte las vibraciones de una cuerda en señales auditivas. Uno de los acontecimientos culturales más importantes en lo que va del año –y no se trata de un bailable- sin duda fue la visita la Orquesta Sinfónica de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Habrá quien diga que exagero pero, siendo esta la ciudad donde “nunca pasa nada” y lo más emocionante que pasa es una redada a los antros, la presentación de una orquesta es un evento muy importante y ahora vamos a ver por qué.

Para empezar, la asistencia del público fue positiva. Asistió tanta gente –alrededor de unas 2 mil quinientas personas- entre jóvenes, familias, empresarios, políticos y turistas extranjeros, que tira por la borda aquella leyenda urbana de que en Chetumal “sólo se toca lo que a la perrada le gusta” (esto sin connotaciones peyorativas, así se expresa la mayoría de la gente chetumaleña). No podemos dejar de lado a los villamelones y escenosos de la cultura, pero lo que aquí importa es el poder de convocatoria que la música sinfónica tuvo durante el fin de semana del 21 y 22 de junio.
La primera presentación en Chetumal, las del 21 de junio, efectuada en el anfiteatro Minerva, del Centro Cultural para las Bellas Artes, tuvo un repertorio que fue el más adecuado para el público local: la Obertura de Orfeo en los infiernos, de Jacques Offenbach, la Obertura 1812 de Tchaicovsky, el Huapango de José Pablo Moncayo, además de algunos danzones de Agustín Lara y el arreglo sinfónico de Leyenda de Chetumal (afortunadamente no fue “Suéñame Quintana Roo”). Si bien para un público acostumbrado a los conciertos semanales de cualquier orquesta el repertorio puede ser muy sencillo, es el más idóneo para que la gente se acerque a la música sinfónica (que no, clásica pues hablamos de un estilo musical, no de un período de la historia de la música).

Disfruté el concierto, salvo por la pésima sonorización que los técnicos de la Secretaría de Cultura realizaron, evidenciando su falta de cultura musical y correcta preparación (cuando la orquesta interpretaba pasajes musicales que debían ser suaves, pianísimo, los excelentes técnicos subían el nivel de ganancia de los micrófonos, provocando la retroalimentación en la señal de salida).
El público asistente aplaudió, sonrió, vibró con los pasajes musicales de las obras y hasta se paró a bailar los danzones de Agustín Lara. Vaya pues, cada quien vibró como mejor sintió la música, de eso se trata. Sin embargo, el anfiteatro no es el lugar ideal para conciertos de este tipo. A los instrumentos de la orquesta sinfónica, orquesta de cámara o camerata se les disfruta en la intimidad de una sala de conciertos, no para restringir el acceso del pueblo sino para percibir el calor de los instrumentos de viento o de cuerdas en su forma más pura, sin más amplificación que la del escenario.
Lo que se vivió y escuchó el sábado 21 de junio puede ser el primero de muchos conciertos regulares de este tipo de música, algo más delicado y excelso que el vulgar reguetón consumido durante fiestas y comilonas intrascendentes. Acostumbrados a como nos querían mantener, a dieta de música rondallezca mal asimilada como el nivel más excelso de la música, la presentación de la orquesta sinfónica permite que jóvenes y niños tengan acceso al mundo con el sonido de tiempos pasados. La música educa, por mucho, mueve las fibras y los afectos, ¿Quién no imaginó el estallido de los cañones en la cadencia final de la Obertura 1812?
Y así nos pueden traer el mundo y sus sonidos de ultramar, las obras de los grandes maestros nacionales como Revueltas, Carlos Chávez, Blas Galindo o Arturo Márquez; el sonido del pasado en la obra de Bach, Dowland, la genialidad de Mozart y hasta los colores de los “Cuadros de una exposición”. El centro cultural tuvo vida, brilló y su voz materializada en aplausos fue el momento más brillante en la noche de ese sábado.
¿La cultura y el arte están muertos en Chetumal? Más bien, están relegados a las esquinas de cualquier casa, se le amordazó para complacer a unos cuantos y se le obliga a permanecer inmóvil con el pretexto de la falta de recursos. A la Secretaría de Cultura deben inocularle una dosis de neuronas para no olvidar darle continuidad a las actividades. Va bien, muestra un interés por reactivar a esta ciudad cansada de shows de botargas y cantantes de karaoke, pero no hay que dormirse en los laureles. Hay mucho por hacer en todas las disciplinas. Personalmente espero otro concierto semejante. El pueblo de Chetumal se quedó con un grato sabor de boca, ¿para qué darle más pan con lo mismo?
Espero que los acordes y melodías escuchadas el sábado sean parte de una obertura anunciando tiempos mejores para el arte y la cultura de Chetumal.

lunes, junio 16, 2008

En el Día del Padre, lo único que recuerdo es…


El mejor recuerdo que conservo de mi padre es aquel que él olvidó por el resto de su vida, un episodio que no se repetiría nunca más a pesar del paso del tiempo y de la llegada de mis hermanos. Más bien, creo que una parte de mi vida tuvo más diversión y buenos momentos justo antes de llegar a estas tierras.
1979, el año en que las cosas comenzaban a sucederse con toda claridad para mi percepción. Niño feliz y confiado en que el mañana era incierto pero emocionante, entraba al jardín de niños sin el llanto infantil que eso supone: a decir verdad, me intrigaba el hecho de conocer niños diferentes a los que frecuentaba en la zona donde vivía con mis padres, en el Distrito Federal.
Hijo de padres jóvenes el tiempo libre se nos iba en jugar, salir a pasear o ir al cine, que era mi actividad favorita. Con mi papá solía caminar por un parque cercano a la casa donde vivíamos en la ciudad de México, todas las tardes; él empujaba el carro miniatura que me habían regalado el Día de Reyes, “el bola de fuego”. Tal carrito era la neta para mí pues además de que era ligero tenía una cajuelita donde guardaba mis golosinas, juguetes diversos y hasta las varitas de árbol caídas en el suelo del parque. A mi mamá le desesperaba que llevara esas varitas a la casa, aunque nunca dejé de llevarlas.
Entre semana era un paseo obligado, a las 5 o 6 de la tarde, con la condición de que hiciera la tarea del kinder (desde chiquito nos acondicionan para cumplir con las responsabilidades). Eran paseos tranquilos pues no había muchos niños en el parque, así que, cuando nos acompañaba mi mamá nos sentábamos a ver a los que jugaban fútbol en la cancha del parque. Golosina obligatoria: los raspados de grosella, cacahuates con limón y chile y las jícamas.
En las tardes de lluvia nos quedábamos en casa. Mi papá se sentaba en el suelo a jugar conmigo. Armábamos circos que sólo mi mente de niño percibía como enormes, llenos de color y magia. Disfrutaba jugar con mi papá en esas tardes porque a veces nos aventábamos horas enteras hasta que yo ya tenía mucho sueño.
Acompañaba a mi papá a todas partes. Mejor dicho, me llevaba, y qué bueno que lo hizo… sólo hasta esa época. A veces lo acompañaba a hacer ejercicio; mientras él corrí por el parque, yo jugaba con mi pelota. En otra ocasión lo acompañaba al gimnasio y a la oficina donde trabajaba, en la zona conocida como Paseo de la Reforma, que aunque jamás me han gustado las oficinas (las evito en lo posible), fui muy feliz dibujando y construyendo aviones de papel mientras mi padre trabajaba: era feliz porque sabía que al salir de la oficina me llevaría al zoológico o a la feria de Chapultepec.
Más de dos veces, mi papá solía comprar paletas de agua y, aunque le entraba con fe a las paletas, en la noche yo ya tenía 40 grados de temperatura. Volviendo a Chapultepec, mi padre y yo solíamos sentarnos donde hubiesen mimos callejeros, algún grupo musical o simplemente lo observaba hojeando libros que en la portada tenia a un tipo greñudo, con una estrella roja que lo rodeaba. Tiempo después supe que mi papá hojeaba libros “revolucionarios” y el greñudo se llama Ernesto “Ché” Guevara. Esos momentos son los que más han influido en mí: sentarnos a ver espectáculos callejeros, el gusto por los libros y los discos, salir a caminar y observar gente. No sé si mi papá observaba a la gente, no supe jamás qué pensaba o sentía al escuchar a los músicos callejeros. En realidad, no se nada de mi padre y creo que él no sabe nada de mí.
Lentamente, ese papá con el que compartí muchos momentos y viajes interestelares a bordo del “bola de fuego”, fue absorbido por el sistema (de alguna manera él tenía que mantener a su familia) y lo enviaron a un lugar lejos, con mar y prácticamente desconocido: Chetumal.
Aquí todo cambió: las costumbres, los amigos, el clima, ya no me enfermaría tan seguido. Veía el cuerpo y la cara de mi padre pero ya no era el mismo. A lo largo de los años trato de entender ciertos actos de mi papá; algunas cosas las he entendido y otras simplemente, no les hallo explicación lógica.
A veces siento que mi alma se quedó suspendida en una época distante, mi infancia, y que la única manera de superar ciertas pesadillas es vivir mi propia vida.
Extraño esos días, definitivamente, pero hay otros que desearía no haber vivido. Mientras tanto me llega el momento de ser papá, es tiempo de pulir el ser humano que soy.

lunes, junio 09, 2008

La vida en Technicolor, como en las películas… aunque la vida es mucho más difícil.

Alfredo: “Viviendo aquí día con día, piensas que es el centro del mundo. Crees que nada cambiará. Entonces te vas: un año o dos años. Cuando regresas todo ha cambiado. Los lazos se han roto. Lo que has descubierto ya no existe, lo que era tuyo se ha ido. Tienes que irte por un largo tiempo… muchos años… antes de que puedas regresar y encontrar a tu gente, la tierra donde naciste. Pero ahora no, eso no es posible, ahora eres más ciego que yo.”
Salvatore: “¿Quién dijo eso?, ¿Gary Cooper? ¿James Stewart? ¿Henry Fonda?”
Alfredo: “No Toto, nadie lo dijo. Esto lo digo yo. La vida no es como en las películas. La vida… es mucho más dura”.
Diálogo entre Alfredo y Toto en “Cinema Paradiso”, Giuseppe Tornatore (1988).
Protagonista de mi propia película. Muchas personas que me preguntan cómo veo la vida, les respondo que la mía es una historia en Technicolor, con sonido Stereo y a veces, en Cinemascope. Algunas otras quisiera reclamar al libretista el haber escrito episodios que no me han dejado buen sabor de boca. ¡Vaya!, ni siquiera utilizo dobles en las escenas de peligro, por eso tengo algunas heridas que van desde las leves hasta las graves.
¿Cuántos nos hemos identificado con algunas películas al grado de que hacemos nuestros los diálogos, las situaciones, la banda sonora y hasta el vestuario y los accesorios? Les aseguro que muchos y el que no se emocione con alguna escena memorable en la historia del cine, está muerto en vida.
Un cinéfilo es un clavado que tiene un gusto especial por el cine más conocido como séptimo arte, esta afición puede ser un pasatiempo y también puede convertirse en un experto analizador y crítico de filmes. Dicen que para ser un buen cinéfilo es preciso tener en cuenta muchos factores a la hora de analizar una película como: el guión, los actores, la escenografía y demás elementos técnicos y artísticos que componen la trama. Como el cine es un arte, la crítica y comentarios por parte de un cinéfilo es más una apreciación personal, basada en la información suministrada durante la proyección, para el cinéfilo es importante el disfrutar de cada uno de los elementos de la composición y del ambiente donde se proyecta el film.
Pero no todos pueden ser cinéfilos. Unos simplemente les gusta ir al cine y divertirse, no se clavan en la textura de la historia o huyen de las películas lentas al estilo de Ingmar Bergman (a mi gusto, es excelso), tan difíciles de comprender para quienes viven la vida de manera rápida y quieren historias digeribles, casi en frasco Gerber.
Veamos, citar cinco películas indispensables en mi vida resulta injusto pues, como el universo, el arte se expande hasta el infinito y la obra cinematográfica es vasta. No hay que limitarse con el cine hollywoodense, hay más en este mundo y no vivimos en una burbuja. Empezaré con “Crossroads” (Encrucijada), película de 1986 protagonizada por Ralph Macchio (el escuincle de Karate Kid) donde el protagonista es un guitarrista de blues. Esa “peli” fue la culpable de que decidiera volverme guitarrista por el resto de mi vida. “Star Wars”, aunque hollywoodense, influyó un poco en la creencia de galaxias muy lejanas, de tiempos civilizados y de que, en algún lugar del cosmos, sí existen alianzas rebeldes que luchan contra los imperios opresores y triunfan. En la vida real, el imperio oscuro está dentro de nosotros, La Fuerza fluye pero no sabemos canalizarla.
“Far Away, so close!” (Tan lejos, tan cerca) me llevó a volar por encima de las almas solitarias, insertó la obsesión por penetrar en los pensamientos de los que me rodean. “Modern Times” (Tiempos modernos) de Chaplin, es un claro ejemplo de que el cine no es sólo palomitas, glamour y melcocha a 24 cuadros por segundo: es revolución, es protesta, propositivo y educativo.


He relacionado momentos de mi vida con algunas películas, aunque la vida es más dura que en las películas. “Cinema Paradiso” es mi película favorita de todos los tiempos. Como Toto –el protagonista de Cinema Paradiso- tuve que salir de la ciudad que me vio crecer hasta la mayoría de edad, aunque no haya nacido en Chetumal. Me fui muchos años para encontrar mi destino y mi propósito en la vida. Tuve que regresar. Las cosas no eran como antes, no estoy seguro si es para bien o para mal; los viejos amores, los sitios, los bares, las calles, dejaban de ser míos y la gente que estaba en mi vida se había ido: ahora sólo quedan recuerdos en común. Y como en la película, tuve mi “cinema paradiso”: un viejo cine que también fue derrumbado, con las piedras se fueron las voces del pasado, testigos de divertidas matinée y lágrimas ocultas en la oscuridad de la función de las cinco de la tarde.
En una película los problemas se arreglan en segundos, mientras que en la vida real nos lleva días, semanas o meses. Hay escenas de peligro y gags, chistes involuntarios y una que otra mentada de madre (a huevo, si no, no sería película mexicana). Una película está incompleta sin escenas de amor, de sexo o de dramatismo… o ¿me van a decir que nadie de ustedes besa, seduce, hace el amor o simplemente, disfruta el paisaje natural del cuerpo ajeno?

lunes, junio 02, 2008

Voyeurismo existencial… ¿eres voyeurista de la vida o eres el protagonista observado?

“Tus ropas caen lentamente, soy un espía, un espectador; y el ventilador desgarrándote, sé que te excita pensar hasta dónde llegaré”. Persiana americana, Gustavo Cerati.


Desde que nacemos, la vida se presenta como una película a la cual le vamos entendiendo una vez que tenemos uso de razón. El cuerpo es un espacio temporal, nuestra casa del alma en la que se cocinan las miles de maneras de recorrer el mundo o descubrir los misterios de la vida; el alma que habita en la casa es curiosa, cuestionadora. Observadores por naturaleza, nos extasiamos ante imágenes y sucesos que satisfacen nuestra curiosidad, influyendo en nuestro conocimiento del mundo y del medio que nos rodea.
No me referiré al voyeurismo dentro del plano sexual sino del existencial, al hecho de ser quienes somos, qué hacemos y a dónde queremos llegar. Si son seguidores de Sartre, me temo que no ahondaré en el existencialismo per sé. Un poco de ambas. Menciona la Wikipedia: “El voyeurismo es una conducta caracterizada por la contemplación de personas desnudas o realizando algún tipo de actividad sexual con el objetivo de conseguir una excitación sexual (delectación voyeurista).” Veámoslo a la inversa, con personas vestidas y realizando una actividad no precisamente sexual. Simplemente viviendo la vida de manera normal.
Contemplar la vida, tomar los elementos que de ella emanan: sensaciones, emociones, ideas; la simple observación de las personas es una actividad que nos produce placer y al mismo tiempo, retroalimentan nuestras ganas de saborear la vida. Nos fascina contemplar el curso de los días ajenos, días grises o soleados en donde los secretos a voces son la constante en este mundo globalizado.
Echamos mano de revistas, periódicos, programas de televisión (desde los noticieros a los “reality shows”) tan sólo para meternos dentro de la vida de las celebridades. Pareciera como si nuestras vidas fueran tan aburridas que tenemos que robar la vida de los demás. Tal vez no es el caso de muchos de nosotros.
Por otra parte, somos protagonistas de nuestra propia película a la cual asisten miles de personas a verla. El guión lo determinan las decisiones que tomemos frente a los problemas que acontecen día a día; hay banda sonora en sonido cuadrafónico y fotografía en Technicolor. Expulsado de una iglesia a la cual no pertenezco ni perteneceré, cometo el pecado de realizar mis cortometrajes de manera pausada, renegando de toda existencia divida (porque seguramente, si existe un ser superior, éste es un voyeurista universal).
Observar y ser observados. Tomar las riendas de nuestra vida y correr el riesgo a darnos en la madre. Contemplamos la vida y tomamos riesgos o simplemente nos arriesgamos a perderla. Quizá el encanto de la paradoja a la pregunta que planteo al principio de este artículo es que pueden ser ambas: vivimos la vida y la observamos o somos protagonistas de nuestra historia mientras somos observados por aquellos quienes temen arriesgarse a vivir. Por ejemplo, cuando una mujer nos gusta (u hombre, según sea el caso), elegimos una opción de entre cientos, casi siempre terminamos: o nos acercamos y expresamos nuestro sentimiento, o simplemente callamos, contemplamos y observamos cómo esa mujer se va con otro más “aventado”. Lo mismo sucede con las oportunidades en la vida.
Hay que vivir, dejarse observar pero sin que se viole nuestro espacio vital. Observar es tan placentero que nos estimula a buscar más de la vida, de nosotros mismos y de los demás. Ya quiero tomar más riesgos y vivir, observaré un rato más… y luego me iré a volar por el mundo.

miércoles, mayo 28, 2008

Al Anónimo que escribe...

Hay que llamarse anónimo para lanzar una piedra de intolerancia y de una cultura corta, de visión limitada a lo superficial y que obedece a los designios de un dogma o un sistema de gobierno.

Hay que ser anónimo para gritar "estúpido" sin dejar huella de su existencia, porque el nombre te identificará como lo peor que le puede suceder a la raza humana: ignorancia.

Hay que ser anónimo para defender su propia estulticia sin mancharse con la razón científica y social.

anónimo es aquel que lanza golpes sin tener condición física... anónimo es un cobarde disfrazado de intelectual... anónimo eres cuando tus impulsos dominan la razón al momento de criticar toda ideología

lunes, mayo 26, 2008

Y a ti… ¿qué te preocupa realmente?


Seguramente hace unos veinte años, a los niños de mi generación nos aterraba que el fin del mundo en medio de una guerra nuclear o que alguien de nuestra familia fuera a contagiarse de esa extraña nueva enfermedad que, según decían, era exclusiva de los homosexuales. A los niños mexicanos nacidos en la década de los 70 nos tocó ver por la tele las imágenes de muerte y destrucción a causa del incendio en San Juan Ixhuatepec, en noviembre de 1984, y por medio de la tecnología acudimos a ver el panorama de escombros en una ciudad de México que se desprendió desde sus cimientos, una mañana de septiembre de 1985.
Dejábamos de ser niños y la adolescencia hacía sus crueles travesuras abriéndonos los ojos a una realidad a medias. El miedo a una guerra nuclear se convirtió en recuerdo onírico para comenzar a sentir los primeros “ayes” de dolor de nuestro planeta: muerto Cobain, ya no existía el “grunge”. Ahora que recuerdo bien, nuestro temor más grande era terminar haciendo algo que no nos gustaba: dejar de soñar para convertirnos en un Pedro Picapiedra. Nos preocupaba que el verde se secara y que nuestros hijos crecieran en un desierto de dudas y sueños evaporados. Ahora tengo más años que antes y algunos temores pululan alrededor de mi ser; las preocupaciones son distintas, no sólo en mi sino entre el resto de mis amigos y conocidos.
Pero, ¿las generaciones jóvenes tienen alguna clase de preocupación? Se los ve tan sonrientes, despreocupados, posando para vouyeristas anónimos en sus metroflogs y consumiendo grandes cantidades de aire para no engordar. Al parecer a los más jóvenes no les interesa nada en lo más mínimo. Hedonistas e individualistas, a la generación actual le preocupa más qué se va a poner mañana para ir a la escuela, si acaso le llegaron chorrocientos mensajes a su celular; si es mujer se preguntará si acaso el licuado de mamey que tomó en la mañana es bajo en grasas o si leyó el capitulo correcto del “libro de autoayuda para exitosos miserables”. Por el contrario si es hombre: se convierte en artista cibernético en espera de que alguna televisora lo convierta en una celebridad que, más tarde, será desechada como papel higiénico; o decide entrarle a las chelas todos los fines de semana, ensayando la mejor pose en lugar de un buen argumento para justificar la tarea no hecha.
Comprendo que las preocupaciones son relativas en su mayoría, e igualitarias en algunos casos, por ejemplo, ¿lloverá esta semana?, ¿voy a vivir mañana?, ¿qué voy a comer hoy? No creo que todos nos preocupemos por una camisa mal planchada o porque no tenemos el reloj de la marca de diseñador, el último grito. Pienso, más bien, en una marea que nos arrastra si no sabemos aferrarnos a nuestra verdadera esencia humana. A veces las preocupaciones nos absorben al grado de volvernos parte de una masa preocupada, precisamente, en simplemente vivir.
Los tiempos, la sociedad que vive en una época determinada, podrían establecer esas preocupaciones en la vida humana-consumista de principios de siglo. Vivir bien, con el trabajo asegurado, sin pensar qué voy a comer mañana: vivir al día y nada más.
No sugiero para nada clavarse en la textura de los problemas por el resto del día. Carpe Diem, Hakuna Matata. Estoy de acuerdo pero, de vez en cuando, detenernos a pensar en la decisión que tomemos sobre nuestras acciones y sus consecuencias. Es bueno preocuparse en el futuro porque trazamos una serie de objetivos a cumplir, pero matemáticamente, un pequeño error puede influir en nuestro futuro.
Nos hemos vuelto individualistas y hedonistas, valoramos los momentos de la vida y a sus protagonistas con base a la cantidad de ceros en su cuenta bancaria, lo hermosos que se van y porque nos hacen “pasarla bien”, sin broncas. Sin embargo nunca está de más detenernos a reflexionar sobre el mundo y lo que nos rodea. Seguramente no se compara a los temores que tuve de niño: la guerra nuclear entre EUA y URSS, el SIDA, la contaminación ambiental, guerras religiosas en Medio Oriente, dos terremotos y una explosión; pero los tiempos actuales parecen una playa que muestra las huellas bajo las olas, marea baja de reacciones sociales e idearios sociales.
La generación actual está despolitizada, padece del síndrome de “mevalemadre”, prefiere la inmediatez y lo efímero “para no tener que cargar con la culpa ni dar explicaciones” y no se preocupa porque, el mañana no existe. Es cierto, ya no hay futuro seguro en México y no me limito a la violencia sino en todos los sectores: no hay salud ni asistencia social para quienes lo necesitan, no hay empleos dignos ni para los graduados de las universidades ni para el que no llegó más que a sexto grado de primaria.
La verdad es que las preocupaciones acerca del mundo que nos rodea cambian con el paso de los años. Cada generación enfoca sus preocupaciones hacia ciertos elementos de la vida cotidiana o del acontecer mundial; no obstante, se ha perdido el interés por todas las cuestiones humanas y cada vez nos preocupamos por los artículos de consumo, los sueños de opio y los castillos en el aire.

Entre la fidelidad y la lealtad se debate el dulce veneno del amor

“Un bello amor sin un final que olvide para perdonar; es más fácil encontrar rosas en el mar”. Luis Eduardo Aute, Rosas en el mar.

A mí, las cuestiones del amor me pasan sin pena ni gloria. Seguramente se debe a que el amor ha estado ausente en mi vida desde hace algunos años, o más bien, me he tomado un largo año sabático involuntario. Creo que me conservo en buena salud pues el amor es una enfermedad que presenta los mismos síntomas de la locura. Si enlistara las razones por las que he dejado de creer (o vivir) en el amor, la primera razón sería “la infidelidad”. Pero ahora que lo razono, la fidelidad no existe en ninguna relación humana, ya sea de carácter religioso, familiar o amoroso.
La enciclopedia virtual Wikipedia define la fidelidad como “una noción que en su nivel más abstracto implica una conexión verdadera con una fuente o fuentes. Su significado original está vinculado a la lealtad (de una persona para con un señor o un rey) y la atención al deber. La palabra "fidelidad" deriva de la palabra fidelitas (latín), y su significado es servir a un dios.” Yo no le soy fiel a ningún dios o semidios, ni siquiera le he sido fiel a mis ideas primordiales como “vivir del arte por amor al arte”, tampoco profesaría fidelidad por un rey porque aún creo en la democracia republicana.
De la misma manera, la lealtad se describe como “la cualidad de aquellas personas que acatan las leyes o cumplen los acuerdos, tácitos o explícitos. También se aplica a la conducta de ciertos animales que tienen especial relación con los seres humanos, como los perros o los caballos.” Somos animales, racionales dicen unos, pero al final animales, con pasiones. Unos han creado la imagen de un dios para sentirse superiores al resto de los seres vivos.
¿Conviene creer en la fidelidad en las relaciones amorosas? Es relativo. La mayoría cree que la fidelidad se ha roto infinidad de veces, precisamente porque es un compromiso espiritual de respetar a una persona, pero no lleva el peso del respeto hacia la otra parte.
La fidelidad es una capacidad espiritual y, cada vez más, el mundo pierde el espíritu para entregarse al irresistible poder del dinero, de las cosas materiales.
En cambio, la lealtad es un valor cívico y ético que conlleva un compromiso con nosotros mismos y con la otra parte, ya sea pareja hetero u homosexual, no importa. Nos cuesta mucho trabajo cumplir con un compromiso espiritual porque es algo que no tiene sustento lógico ni material, sin embargo, ser leal a una persona con la que comprometemos, no sólo espacio vital, humedades y el espacio corporal donde se lleva a cabo el acto amoroso sino también nuestros valores cívicos y éticos o hasta familiares.
El que es fiel puede sufrir cambios en sus ideas y en su manera de sentir. El ser humano, egoísta y curioso por naturaleza, no puede permanecer atado a un espacio y a un tiempo, necesita de la libertad espiritual y física para crecer. En la adolescencia es impensable una fidelidad porque el adolescente cada vez quiere más de lo que el mundo y la vida le ofrecen; el hombre siempre ha tenido la etiqueta del ser más infiel pero las mujeres no pueden cantar victoria. Hombres y mujeres son tan imperfectos en la medida de su nivel cultural, social u hormonal (recordemos que ambos sexos estamos programados por la naturaleza para reproducirnos y preservar la especie).
Se puede jurar fidelidad a la patria pero muchos estamos dispuestos a vender un pedazo de terreno mexicano con tal de salir de pobres, así que no podemos hablar de valor moral. La moral en estos días es lo que menos importa y nada tiene que ver con dios o cualquier entidad sobre natural, es cuestión de ética, de cómo se maneja uno en la vida.
El amor muta, es egoísta y asesino.
Creo que el espíritu se nutre de las experiencias de vida, habrá quienes crecieron con la fe en Dios, otros crecimos con la fe en la razón. El amor es como uno de tantos exámenes en los que se pone a prueba la experiencia adquirida en la infancia, el pretexto por excelencia para reproducir a la especie humana.
Ser fiel a la pareja es un suicidio seguro del alma humana. Ser leales a los compromisos adquiridos con la pareja es más razonable y sano para una relación armoniosa, dicen los que saben, que ello asegura el éxito en las relaciones.
Pero como mencioné al principio de este texto, me he retirado a un “año sabático involuntario” en las experiencias amorosas. Siempre he respetado a mis parejas sentimentales en su momento, tampoco hablo de ser un picaflor sino de respetar la figura del otro, su lugar y las cosas que ha entregado, su figura humana y espiritual.
Pero ser fiel, amigos míos, como cantaba Massiel: “es más fácil encontrar rosas en el mar”.

martes, mayo 13, 2008

Al maestro… ¿con cariño?

“Cuando crecimos y fuimos a la escuela había algunos profesores que habrían hecho cuanto fuese posible para herir a los niños, derramando su burla sobre cualquier cosa que hacíamos y sacando a relucir todas sus debilidades, por más cuidadosamente que los chicos las ocultasen. Pero todo el mundo sabía en la ciudad que cuando llegaban a casa por la noche sus gordas y psicópatas esposas les madreaban casi hasta matarlos.” Roger Waters, (The happiest days of our lives), The Wall (1979).



Es difícil empezar a escribir una introducción a temas que, por remitirnos a episodios pasados, supondrían un vómito verbal en la cara de ciertos personajes oscuros de la vida de cada uno de nosotros. Podríamos regalar un poco de sinceridad y afirmaremos que a nuestra vida llegan personas que dejan una huella indeleble, influyendo de manera positiva en nuestros hábitos y forma de vida. No obstante, también los hay quienes deseamos que todos los malos karmas del mundo caigan sobre aquellos que, durante horas y horas, asesinaron nuestras mentes infantiles con clases vacías e insulsas: los maestros.
¿Podríamos enumerar cosas buenas que hayan realizado los maestros sindicalizados? Me temo que no, excepto que se ganan una “lanota” inventando enfermedades y accidentes para no asistir a clases, eso sí, cobrando puntualmente cada quincena (todos queremos ganar mucho por hacer nada).
Las opiniones se dividen. Hay maestros comprometidos con la labor magisterial, otros simplemente enseñan; hay maestros que educan, otros disciplinan a palos; los hay quienes impulsan a sus alumnos a razonar con la práctica y la experimentación del método, hay otros que obligan a los alumnos a repetir conceptos cual vil pericos. Ejemplos hay muchos. ¿Tienen idea de a quienes elijo y elogio?
Desde la escuela primaria hasta el bachillerato, los maestros trabajan al servicio de un sistema que no forma seres pensantes sino esclavos al servicio del Estado y las corporaciones; deformadores de consciencias, crueles inquisidores de los sueños de miles y miles de niños que llegan a la escuela con la ilusión de aprender y que, cuando no han provocado aún el daño irreversible en su mente, se dan cuenta de que la escuela y la “educación” recibida, es una porquería. Aún lo es, peor aún más cuando una organización secreta de ultraderecha ideológica y medieval se ha colado hasta el interior de la Secretaría de Educación.
Haré algunos recuentos que mi memoria ha almacenado durante años. Fue en quinto grado cuando, en una primaria de Chetumal a la que asistía (horrorosa, por cierto) en los años ochenta. Llegó un maestro asignado a la “educación cultural” a mi salón, acompañado de la directora; tenía el aspecto de un psicópata, moreno, de bigote y con una mirada fría, semejante a los ojos de Michael Myers, el asesino de la película “Halloween”. Una vez que la directora salió del salón, todos comenzamos a brincar y a lanzar preguntas al maestro, cosa natural en los niños porque se entusiasman al ver a una persona nueva en un territorio que cree “suyo”, y lo es. Pero, fue grande nuestra sorpresa cuando el tipejo azotó la mano sobre el escritorio y nos gritó “¡ahora se callan o van a saber lo que es bueno bola de mocosos!”. Pasmados, sorprendidos, yo me llené de pánico y desee salir corriendo del salón. De inmediato, tres o cuatro chamacos –que ahora son delincuentes reincidentes- se pusieron al servicio del remedo de profesor, haciendo las veces de “policía del salón”. Hubo niños que no se dieron cuenta de la magnitud de la situación y continuaron con sus bromas, propias de la naturaleza infantil, y uno hizo un chiste inocente; el tipo le ordenó a los “compañeros traidores”: “¡tráeme a ese baboso!”, obedeciendo al “maestrillo”. Una vez que el niño estuvo cerca de aquel, lo tomaron de la cara, apretó su boca con tal fuerza que el niño se quejó y le dijeron “ahora vas a entender quien manda aquí, mocoso insolente”. Y existen casos peores que la opinión pública debe saber pero que nadie, como siempre, hace nada al respecto.
Suspender a los maestros violentos no es una solución, yo propondría, más bien, colgarlos de los dedos a pleno sol. La educación en México es de estilo medieval, recuerden la humillación a la que constantemente nos sometieron en las aulas, mirando a la pared en una esquina. La lista de humillaciones es extensa y la educación muy corta de visión y misión. Los maestros se venden al mejor postor, son capaces de romper páginas importantes de los libros de biología –bajo las órdenes de la Iglesia Católica- para que los alumnos no reciban la educación sexual completa y adecuada.

De nuevo, ejemplos dentro de la obra de Pink Floyd
La segunda y más famosa de la trilogía de los "Brick In The Wall". Esta parte continúa describiendo los días de escuela de Pink, continuando la historia donde "The Happiest Days Of Our Lives" termina. Contrario a la creencia, esta canción no es en contra de la educación sino más bien, es en pro de la individualidad. Cuando los niños cantan "We don't need no education" (Nota: en ingles no existe la doble negación, así que una doble negación se convierte en una afirmación, cosas del idioma) en realidad significa "We need education". Ellos no hablan de la educación como un todo, sino del tipo de educación que están teniendo en sus vidas. No necesitan maestros que les digan cómo pensar, que controlen sus pensamientos ("No thought control", ellos no necesitan ser ridiculizados por sus errores ("No dark sarcasm in the classroom"). La idea básica es que los maestros deben enseñar no fabricar conformistas, y esto puede ser mejor visto en la película. Todos los niños marchan por los salones llevando máscaras iguales, caminando al mismo paso. Básicamente, los niños no tienen individualidad, ellos caminan sin mirar hacia su infortunio (la moledora de carne al final de la cinta transportadora). En la película hay una revolución contra los maestros opresores, no contra la escuela o la educación. Debido a los maestros Pink pone otro ladrillo en la pared.
El punto es que Roger quería demostrar cómo la conformidad está siempre aún cuando seamos unos niños y aún cuando nos estemos revelando. "Esos niños hacen lo que se les dice que hagan". Este punto es definitivamente poderoso. Una de las grandes frases de la película se menciona durante esta canción: "If you don't eat your meat, you can't have any pudding" (“si no te comes la carne, no hay pudín”). Puede haber mucha interpretación en esto. Primero se puede pensar que significa que si uno no se esfuerza en los tiempos difíciles de la vida, entonces no obtendrá ninguna recompensa, pero también hay otra interpretación, como la de ser sodomizado por el sistema. Por supuesto Pink no quiere el "pudín" que el sistema cree que todos deberían tener y ciertamente no quiere "comer la carne" (eat your meat) para obtenerlo. Todo se enlaza en el anti-individualismo y conformismo a ser "condenado", tema que fluye durante todo el álbum.
Y así, estimados lectores, hay muchos maestros de tal calibre. Personalmente guardo recuerdos entrañables de muchos profesores de tuve en la universidad y de quienes aprendí valores, me formaron una crítica y hábitos que hasta la fecha forman parte de mi vida. Pero de los maestritos del sistema, no guardo más que un amargo recuerdo y me declaro, sin pena y con ética en pro de la educación de calidad, científica, humana y socialista, en contra de ellos.